Archive for the 'hoteles' Category

03
Jul
15

Comin’ back

Hoy vuelvo a casa, por fin. Vuelvo, aunque la llegada se producirá no en un “hoy” sino en un “mañana”. ¿Y sabéis lo que no voy a echar de menos? La moqueta. La puta moqueta que me rodea, en hoteles, en aeropuertos, en las oficinas. Lo he dicho varias veces y me reafirmo, la globalización está en esos lugares, asépticos y donde resulta tan fácil perder la noción del tiempo y del espacio. ¿Dónde estoy hoy? ¿Qué día es? Esa sensación extraña de hablar con una persona que acaba de trabajar cuando tú te acabas de despertar, y con otra que se va a dormir cuando uno ni siquiera se ha sacado las legañas. Que viva el whatsapp, a pesar de todo.

Y al final, una vez más, aeropuerto de Los Angeles, LAX. Que sí, que hay muchos sitios peores en el mundo, verdaderos agujeros en la tierra. SI no digo lo contrario, de hecho, me encanta Los Angeles. Digan lo que digan, esa ciudad desprende una aureola como pocas otras.

Los Angeles (by @carloskarmolina)

Los Angeles (by @carloskarmolina)

Hoy he cumplido con lo que viene siendo para mí una (encantadora) rutina cuando viajo a San Diego, y es, previa llegada al aeropuerto LAX, sacar un rato libre para acercarme por el 6400 de Sunset Boulevard, donde se encuentra, y por muchos años que así sea, Amoeba Records. Respiremos tranquilos, sigue en pie y parece que con buena salud, y lo que es más importante, repleta de discos, no como muchas otras tiendas en las que la memorabilia, camisetas y chorraditas varias han ido ocupando ese espacio sagrado que tenían que ocupar los discos. Aquí no es así, como cantaban los Caifanes.

Me ha ocurrido una cosa curiosa. He ido a aparcar en el parking de siempre, sobretodo desde que una vez aparqué en la calle, se me pasó el la hora del parquímetro (nada, diez minutos, no más) y el Ayuntamiento de Los Ángeles me puso tal multa que seguramente la remodelación del paseo de la fama la he pagado yo. En fin, que entro al parking y me encuentro la barrera de entrada abierta. Al salir del aparcamiento, me doy cuenta de que no he tomado ticket alguno, y me deja mal cuerpo. Pero no tengo mucho tiempo, de modo que me dirijo a Amoeba. Hechas las compras pertinentes, voy a coger mi coche, y al pasar por la garita, me la encuentro totalmente cerrada, y c on un cartel: “gate is open”. De modo que he decidido salir, no sin antes revisar si había alguna cámara o sistema de captación de matrícula, o similar. No lo he visto, así que he hecho un sinpa de toda la vida. Si acabo recibiendo una denuncia del parking en cuestión, ya os cuento.

Canciones:

Guns n’ Roses: “One In a million”
Barbra Streisand: “Guilty (one in a million)”
The Ventures: “Perfidia”

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23
Jun
15

Motel Malibu

Hace algún tiempo ya os hablé de Pablo Poveda, concretamente de la que entonces era su última novela, “Ella es Punk Rock”, podéis retomar aquella reseña haciendo click aquí. Ha llovido bastante desde entonces… de hecho, hace ya demasiado tiempo de todo, por aquí. Pero el caso es que estoy de vuelta y quería hablaros otra vez de Pablo Poveda. Porque amigos, es un tipo que está persiguiendo su sueño con pasión, y esa es una cualidad que realmente admiro en una persona. Yo estoy ahora mismo en un hotel de San Diego mientras mis 50 monos amaestrados escriben estos textos, y Pablo Poveda está en Varsovia en su propia versión de Trópico de Cáncer vía este de Europa.

Y como, aunque no lo conozco, más allá de algún contacto vía redes sociales, me cae bien, no quiero dejar de publicitar que ha publicado novela nueva, “El Profesor”, y que podéis comprarla cómodamente en Amazon, que me consta que eso de mover el culo a las librerías no os va, mangurrianes.

El Profesor está a la venta en Amazon en estos enlaces:

Amazon ES
http://bit.ly/ELProfesorESP

Amazon US
http://bit.ly/ElProfesorUS

Sin embargo no es de “El Profesor” de lo que quería hablaros, sino de otra novela previa del amigo Poveda, “Motel Malibu”. Y como quiera que de hoteles sé un rato largo (hotel, dulce hotel), tras mi flechazo con “Ella Es Punk Rock”, no pude evitar lanzarme a la lectura de esta novela, previa, de hecho, a “Ella Es Punk Rock”. Y, oh, sorpresa, nos encontramos con un registro diferente a la novela que había leído. En este caso la parte de realismo y de corte autobiográfico queda relegada a la mínima expresión en beneficio de una atmósfera onírica donde lo extraño se convierte en lo cotidiano.

Motel Malibu, en papel, como ha de ser (photo by @carloskarmolina)

Motel Malibu, en papel, como ha de ser (photo by @carloskarmolina)

Martín llega a un motel de carretera dispuesto a apartarse del mundo y a olvidar, para acabar cayendo en una espiral de personajes grotescos y motivaciones ocultas de las que sólo ella (sí, siempre hay un “ella”) parece que le puede salvar. Pero nada es, claro, lo que parece. Imaginad que os encerráis una noche con los DVDs de Twin Peaks y discos de Los Nikis sonando a todo volumen, mientras os ponéis finos a calimotxo.

No os engañaré, me gustó más “Ella Es Punk Rock”, novela con la que tuve un, como decía anteriormente, flechazo. Y sin embargo, no puedo dejar de recomendar “Motel Malibu” como una vuelta de tuerca interesante y que engancha. Yo me la leí casi de un tirón. Y en papel, por dios, no me sean modernos.

Canciones:

Neil Young & Crazy Horse: “Farmer John”

Beck: “Lost Cause”

Kiss: “Psycho Circus”

04
Feb
14

sao paulo, día 2

Hoy es lunes y esto es Alphaville, Sao Paulo. Hotel, dulce hotel. Circunstancias de la vida en la carretera hacen que hoy me haya instalado en un hotel diferente al de anoche, y que volverá a cambiar la noche del miércoles. Pero es una buena habitación, tipo apartamento, con una cocina, un saloncito, baño y una habitación con dos ridículas camas separadas por una mesita, que inevitablemente me lleva a la habitación que compartieron mis abuelos. De todas formas, no espero compañía, así que da igual.

Hace mucho calor, pero no quiero poner el deficiente aire acondicionado, porque ando cascado de la garganta, y mañana tengo bolo importante, que no quisiera hacer como si estuviera imitando a Don Vito Corleone. O a Epi. Así que aguantaremos este calor que, no os voy a engañar, me encanta. La sensación de llegar a la habitación y quitarme la ropa y pasear en calzoncillos, me ha recordado lo mucho que echo de menos el verano en casa. En alguna casa.

Y como la noche de ayer fue fatal, y estoy muerto de sueño, ni siquiera he salido. Me he permitido ese lujo de dioses que es estarme un buen rato leyendo en la cama (“La Canción de Amor de Jonny Valentine”), y luego pedir algo de comida en la habitación. Una especie de estofado de ternera, con salsa Madeira, le llaman, y unos tacos de queso provolone rebozados, que no me han gustado mucho, y que hecho eso tan odioso de pedir un plato y dejarme más de la mitad. Zumo de limón para beber, que esto es Brasil y los zumos de frutas valen la pena. No es que sea la comida más sana del mundo, pero dadas las circunstancias, por hoy, pase. Mientras cenaba, acababa de ver “El Hombre Que Mató A Liberty Valance”, y no, por favor, puristas del cine, no me den la tabarra sobre eso tan feo de ver obras de arte del celuloide en dos partes. El avión ayer tenía que aterrizar, qué le voy a hacer. No quisieron esperar a que James Stewart supiera la verdad.

Andaba escuchando algo de Daft Punk, ahora que tan rematadamente famosos se han vuelto, y se le quedan a uno las ganas de decir “yo ya los conocía antes”, pero en realidad, qué más dará. Su “Get Lucky” me parece un hit fantástico, pero es que estos gabachos ya habían demostrado su capacidad para componer canciones de esas que te hacen replantearte tu condición de rockero a la antigua usanza. Que en el fondo, no soy. Aunque la canción que me ha hecho esbozar una sonrisa ha sido su “One More Time”, que me transporta a tiempos muy divertidos. Y no me he puesto en plan melancólico. Simplemente he recordado, he sonreído, y luego he seguido a lo mío, como quien se fuma un cigarrillo y tal como se acaba, lo arroja al suelo con cierto desprecio y lo aplasta con la punta del pie.

Canciones:

Daft Punk: “One More Time”

Kaiser Chiefs: “Ruby”

Billy Idol: “Hot In The City”

25
Mar
13

EL NEVERENDING TOUR SE DETIENE EN PRAGA (DÍA 2): TURISMO DE TIENDAS DE DISCOS

Hoy es lunes 25, son las 22:07 y esto es una habitación pequeña y cutre de un hotel de Praga, que se asemeja más a una residencia de estudiantes que a un hotel convencional, con la diferencia que en lugar de toparme con universitarias desbocadas, veo a familias y a más críos de lo que yo considero normal. Así que doy con mis huesos en una cama individual y me parece como si estuviera de vuelta a mi vieja habitación de casa de mis padres. El televisor de doce pulgadas (de tubo, por supuesto) y el radiocassette que incluyen en un estante hacen que sólo necesite un póster en la pared para hacer una regresión absoluta a mis 16 años.

Esta es mi segunda vez en Praga, y aunque habitualmente no tengo mucho tiempo para paseítos turísticos, durante mi primera visita, de la que ya di buena cuenta por aquí, pude visitar los cuatro o cinco lugares básicos para todo turista. En esta ocasión, sin embargo, la historia es diferente. Apenas tengo un par de tardes para mí, tal vez sólo una, ya que seguramente mañana tendré una cena de trabajo que arruinará cualquier plan de escaparme a callejear.

Porque queridos míos, es por todos conocido que los lugares se conocen caminando o tomando el transporte público, y tratando de no pasar necesariamente por aquellos espacios puramente turísticos. Está claro que cada ciudad tiene rincones que no te puedes perder, seas un turista o un purista. Si uno viaja a Roma, no se puede perder la Fontana Di Trevi, por más turístico que sea. Pero tampoco debería dejar escapar la basílica de San Pietro In Vincoli, que no es de las más visitadas. Por poner un ejemplo rápido.

Una manera que he encontrado de “salirme” del circuito turístico es buscar tiendas de discos. Ya lo he hecho en dos o tres lugares, busco por internet direcciones de tiendas de discos a las que poder acceder, caminando, preferentemente (y no tengo mayores inconvenientes en caminar 30 o 40 minutos), y las localizo en un plano. El resto está claro, salir a buscarlas. Eso te lleva a pasear por calles que pueden estar apartadas de los caminos habituales, y a tomar un pulso más real de la ciudad. Una excusa como otra cualquiera, porque luego, está por ver si el material que puedan tener esas tiendas, vale la pena como para gastarse los cuartos.

Eso en el caso de que las encuentres, porque esta tarde, tenía dos objetivos. No muy alejados, el sol se ponía y el ambiente se iba enfriando más y más, que junto al viento gélido, hacía el paseo más bien poco apacible. Y al final, fracaso: una de las tiendas, cerrada. Desvanecida. Desaparecida del mapa, sin rastro, si es que alguna vez existió e Internet no me ha jugado (una vez más) una mala pasada. Es el destino de las tiendas de discos, desaparecer o convertirse en frías, aunque cómodas y baratas, páginas web de venta online. La segunda tienda, directamente, no la he encontrado. Me he perdido, cosa que no es que me preocupara demasiado. Pero cuando sacar la mano del bolsillo para coger el plano y buscar dónde diablos estaba ha comenzado a conllevar riesgo de congelación de mis dedos, he decidido cesar mi búsqueda y volver al hotel. Que ya tenía suficiente exploración por hoy.

Canciones:

Hank Williams: “I’ll never get out of this world alive”

Mastodon: “Curl Of The Burl”

David Bowie: “Where are we now?”

04
Jul
12

Hoteles (otra vez)

La vida en los hoteles resulta ser una suerte de dimensión paralela. Todo es lujo. Todo es limpieza. Tienes habitaciones más grandes que tu propio comedor y te irritas por nimiedades como si la wi-fi no funciona correctamente. Llegas por la tarde y el desorden de la noche anterior de cama completamente deshecha, lavabo semi inundado, ropa literalmente tirada por medio, libros, revistas, trastos, todo como si hubiera estallado una bomba en mi maleta, y todo ello, aparece en un perfecto estado de revista, listo para comenzar el proceso de desorden y dejadez. Porque sabes que alguien habrá, al día siguiente, que ordene tu mierda y recoja los calzoncillos sucios que has tirado en la esquina. Subes al gimnasio, ese espacio que suele estar casi siempre casi vacío, y tratas de quemar tu mala conciencia de comidas poco saludables.

Y luego están esos días, esos días en los que en realidad te sientes solo y cabreado con la humanidad, y simplemente te la trae al pairo las bellezas que ese lugar del mundo donde estás te puede ofrecer, y no sales del hotel. Bajas al restaurante. En el hotel estás aislado del mundo real. La luz es fría, la moqueta asquerosa, los tonos pastel en las paredes. Incluso el clima es artificial. El puto aire acondicionado de los hoteles, permanente, helador. El microclima. Ese hilo musical del hall, digno de servir como banda sonora para cualquier matanza indiscriminada. Versiones de Brian Adams con piano sintetizado. Brian Adams debió sentirse muy enfadado con la humanidad y creó su venganza a base de esas canciones que te asaltan donde menos te lo esperas, constantemente, tantos años después. Él, que había rockeado dignamente en “Reckless”, algo le tendría que pasar para que decidiera infringir tanto dolor a la población mundial.

Todo son reverencias y parabienes por parte de los empleados, que seguramente deben escupir en mi cepillo de dientes o en mi café. Todo es “sir” por aquí, y “mister” por allá, y “excuse me” y “have a good evening”. Sonrisas forzadas, tonos de voz pausados, acentos extraños. Y tratas de ser amable y de no comportarte como un pequeño burgués, como un nuevo rico, como un cachorro arrogante de la nobleza. Y en realidad, te sorprendes de que el dinero haga que las personas te profesen ese trato, cuando en casa, la cajera del súper apenas te masculla un saludo y cualquier mamarracho te tutea. Porque en realidad, recuerdas que todo esto es mentira.

Canciones:

The Stooges: “I need somebody”
Pearl Jam: “Why go?”
Amy Winehouse: “Fuck me pumps”

12
Mar
12

Miscelánea de hoteles

Trasteando, me he encontrado esto, que escribiría hace unos tres años, o algo así:
Me meto en la cama y me pongo a mirar la tele. No a ver a tele, sino a mirarla. Armado con el mando a distancia, me dedico a hacer un repaso de los canales de TV. En este hotel tienen parabólica, o tele por cable, no sé, pero hay un montón de canales, a cuál menos interesante, pero ahí estoy yo, repasándolos todos, dándoles a todos una oportunidad de 30 segundos para que me entretengan y me enganchen, antes de pulsar el botón. Es como uno de esos castings de cine en los que el director sólo dice “gracias, ya te llamaremos”.
Veo los canales españoles y también los extranjeros, paso por los canales temáticos y por los pornográficos. Todo el mundo sabe que aunque éstos sean de pago, los diez primeros segundos te los dejan ver. Será para ponerte cachondo y convencerte de que pagar por esa peli es una buena decisión.
En BBC News un fulano se dedica a disertar sobre el conflicto de Darfur. En la 2 de TVE pasan una película española de esas de drama social. En la RAI están emitiendo, como siempre, “Porta A Porta”. En la RAI por la noche siempre emiten “Porta A Porta”. No sé de qué va, pero es reconfortante llegar al hotel y saber que no importa si estás en Murcia, en Cuenca o el A Coruña, en la RAI estará “Porta A Porta” y su estética cutre.
En la mesita de noche he dejado un libro que apenas he comenzado y me da algo de pereza retomar. Es mejor hacer zapping. Por eso no me gusta tener tele en mi habitación. Me refiero a la mía de verdad, no a una que se abre con una tarjeta. Si tuviera tele, me pasaría toda la noche jugando con el mando a distancia. Tiene algo de adictivo.
Abro el cajón de la mesita y veo una biblia, pequeña, con páginas que parecen hechas de papel de fumar. Estos Gedeones son la leche. Otro clásico de los hoteles. No importa el país ni la localización, allí están los Gedeones y sus biblias para que veas la luz y te reconfortes leyendo los momentazos de su dios.
Decido tomar los evangelios y arrancar de cada uno de los cuatro las páginas correspondientes a la crucifixión. Mateo, Lucas, Marcos y Juan, todos ellos quedan mutilados. Para que los lectores se queden sin saber cómo acaba el relato. El libro queda intacto por fuera, así que me deshago de las páginas arrancadas tirándolas por el wáter y dejo la dichosa biblia de nuevo en el cajón, como si nada hubiera pasado. Y con la excitación absurda que este pequeño acto de sacrílega mutilación literaria me ha proporcionado, decido apagar la tele y ponerme a dormir.
Canciones:
Elliott Murphy: “The Last Of Rock N’ Roll Stars”
Rita Marley: “One Draw”
Al Green: “L.O.V.E.”
17
Nov
11

Blue Hotel

La tarjeta que abre la puerta de mi habitación no funciona. Qué rabia da cuando uno llega a la habitación, mete la tarjetita en la ranura y la luz se ilumina en rojo. Bajo a la recepción. Hago la cola pertinente y le explico el caso a la persona que me atiende. Escruta la pantalla de su ordenador. Me pide el número de habitación. Veintiuno veintidós. Decir “dos mil ciento veintidós” me resulta poco ágil. Vuelve a mirar la pantalla y me dice “esta tarjeta no corresponde a la veintiuno veintidós”. Llevo tres noches en este sitio. Mira de nuevo extrañada la pantalla y comienza a hablar. Dice “dónde…” y de repente se calla, como cuando comienzas a decir algo y te arrepientes, pero las primeras palabras ya han salido de tu boca. Me da la sensación de que me iba a preguntar “dónde ha estado durmiendo”. Me entra la risa y le digo “le aseguro que llevo tres noches en la misma cama”. Y me dice “pues tiene la tarjeta de la veinte cero dos”. Yo no entiendo nada. Pero me da igual. Sólo quiero subir a mi habitación. Desde donde escribo ahora mismo. 2122, que lo sepáis. Claro que ahora me pregunto qué debía haber en esa 2002 que, por lo visto, mi tarjeta podía abrir. Qué o quién.
Aunque, por otra parte tampoco sería la primera vez que me equivoco de número de habitación. Y no, no se trata de una “equivocación” intencionada de esas de comedia de enredos. En alguna ocasión he intentado entrar en la habitación con el número que tenía… en el hotel anterior.
Un tío con clase
Los hoteles son sitios curiosos. Lugares fríos e impersonales como pocos, donde todo el mundo te trata de usted y te rinde una falsa pleitesía. Si pasas allí bastantes días, reconoces a las personas de los diferentes turnos, pero, en general, ellos no a ti. Como en todos los lugares, no obstante, uno se genera una serie de hábitos. Resulta sorprendente lo rápido que nos adaptamos a los ambientes. Bajamos al buffet del desayuno y comemos cosas que nunca tomaríamos en casa, donde nos apañamos con un cortado y, haciendo un exceso, dos galletas. Durante una época, tenía siempre la televisión de la habitación encendida, un canal de noticias como CNN o BBC News, sin verlo, como sonido de fondo. De un tiempo a esta parte, puedo pasar nueve noches en una habitación de hotel sin haber encendido el televisor. Y por la mañana, nada más despertarme, hacer sonar mi reproductor de música mientras me espabilo.
Personalmente, lo suelo dejar todo desordenado. No me gusta la gente que llega a una habitación de hotel y lo primero que hace es deshacer la maleta y colgar la ropa bien ordenadita en el armario. Yo lo voy acumulando todo y por la mañana, antes de salir, parece que alguien haya puesto una bomba en mi maleta y al estallar, haya desperdigado todos mis enseres. Pero me gusta cuando llego por la noche y todo está pulcramente colocado. Y vuelta a empezar. Como el día de la marmota en versión retrasado mental. Soy un tío simple.
Qué gran personaje, el de Bill Murray
El hall y el bar son sitios interesantes de visitar, especialmente cuando uno está solo. Todo es de una limpieza aséptica que acongoja. Gente que pasa, que espera a otra gente, empleados del hotel, siempre de punta en blanco (“buenas tardes, señor”). Y en el bar, algunos grupos, pero también mucha gente sola. Revisando algunas notas, o simplemente estando allí, bebiendo Stella Artois o alguna mierda similar. Algunos le dan la vara al camarero, que con resignación, aguanta.
En un acto de constricción por la cena opípara del día anterior, vas al gimnasio del hotel. Con torpeza, intentas sudar la mala conciencia en unas máquinas que no conoces, intentando no pasar más de cinco minutos mirando la pantalla para tratar de averiguar cómo hacer que la dichosa cinta comience a girar a un ritmo soportable.
Y aunque se le tache de snob, de cultureta, de comedieta romántica disfrazada de cool, y de muchas otras cosas más, una película como “Lost In Translation” es capaz de expresar varias de las sensaciones de estar viviendo en un hotel, en un destino lejano, constantemente de paso. Y el personaje de Bill Murray mola. Y Scarlett Johansson está muy buena.
Canciones:
Chris Isaak: “Blue Hotel”
Koko Taylor: “That’s Why I’m Crying”
Radiohead: “Exit Music (for a film)”



septiembre 2017
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