Archive for the 'barcelona' Category

02
May
17

Vicios y virtudes

Para todos aquellos agoreros que durante los años 90 se les llenaba la boca hablando de la robustez del formato CD frente a la fragilidad del disco de vinilo. “Un CD dura toda la vida oyéndose siempre bien”, decían. Pamplinas. Esta semana descubrí con lástima que mi copia del CD de Duff McKagan “Beautiful Disease” ha muerto. Fallecido. Ni una pista se reconoce, oiga. Una pérdida, porque este era un disco con historia. Duff McKagan (por si hay algún despistado, bajista de Guns n’ Roses, entre otras encarnaciones) grabó ese disco en 1999, como el primer trabajo que registraba tras su salida de Guns n’Roses y tras su fallo pancreático que le dejó saludando a la parca. Pero, y ahí reside la gracia de la historia, ese disco jamás llegó a ver la luz. Por lo menos no de un modo oficial. Por lo visto, se grabó con la discográfica Polygram poco antes de que Universal la absorbiera y decidiese que, oh, cielos, no era un disco rentable para publicar, con los gastos de publicación, distribución y promoción que conlleva, y acabó en un cajón. ¿Cómo llegó, pues, a mis manos, se preguntará el lector? O tal vez no lo haga, hoy en día, buscando por internet, se puede encontrar hasta una grabación de Bob Dylan en la ducha cantando los éxitos de Falete. No importa, el caso es que me grabó una copia un tipo que trataba por aquél entonces, que escribía para la revista Popular 1, quienes en su momento entrevistaron a Duff y fue el mismo bajista quien entregó una copia de ese disco fantasma que, total, no le iba a rentar ni un dólar. Sospecho que a partir de ahí, copias de ese CD fueron pasando de mano en mano por toda Barcelona con la redacción de Popular 1 como epicentro, y de ahí, a vaya usted a saber. Esa era mi copia, con su historia, y le tenía cariño.

Tampoco es que sea un drama del siglo XXI, si uno escribe la cadena de palabras duff+mckagan+beautiful+disease en Google, no es difícil dar con algunas descargas. También se pueden encontrar copias de promo a la venta en ese sitio infernal para cualquier adicto a la compra de discos que es Discogs. No se encuentra, sin embargo, y como podría ser lógico, en Spotify. Y hace poco sentí la necesidad de escuchar uno de esos temas. Da igual que la época de la universidad haya quedado atrás hace lustros, pero la juventud es lo que tiene; igual te sorprende con una vieja canción que te pone en la piel de los veinte años.

Capture3.JPG

Los archivos centrales de Spotify (by @carloskarmolina)

En una época admiré mucho a Duff. Hoy, sin embargo, su pose me parece algo cargante. La historia es relativamente común, un joven rockero descarriado y muy desfasado, una situación que se convierte en vórtice (en este caso, su colapso pancreático y su marcha de Guns n’ Roses) del que sale hecho un hombre nuevo, virtuoso, amante de su familia, deportista, intelectual y, desde luego, limpio de adicciones. Demasiado perfecto. Tanto como para no creérselo. El mismo Duff llegó incluso a tener una columna acerca de política y economía en un semanario. Se nos ha convertido en una amalgama de dignidades.

Qué quieren que les diga, estos rockeros tan perfectos me aburren. Todas las familias dichosas se parecen pero las infelices lo son, cada una a su manera. En este tema, me viene siempre a la mente Eddie Vedder. ¿Hay algún ser en la tierra más perfecto que Eddie Vedder? Tiene una banda maravillosa, canta estupendamente, ha sido la imagen de los 90. Por si fuera poco, es políticamente comprometido con las causas más nobles, siempre cercano a la izquierda, no ha protagonizado escándalos, mantiene a su grupo desde hace ya 25 años. ¿Más? Es un surfero, guapo y al parecer, bastante cercano. Se le puede perdonar la frivolidad de haberse casado por segunda vez con una modelo, tras un primer matrimonio con una bajista de Seattle bastante feúcha. Vedder es también padre de dos hijos. Y ahora se va paseando por los escenarios con un ukelele… con un maldito ukelele con el que se dedica a grabar discos. Y aunque esto último sí que es imperdonable, pues un ukelele sólo puede ser utilizado si eres hawaiano o Marilyn Monroe, sigue siendo Eddie Vedder.

Yo estoy más con el rockero decandente, el que se gasta dinerales en estupideces o el que sigue dándole al alpiste. Me cae mejor. Hace unos meses pillé, por casualidad, una película por televisión, algo que habitualmente no hago. Y la vi, casi toda, menos el final, que me dormí, así que no se preocupen por los spoilers. Se trata de la película “Nunca Es Tarde” (2015), con Al Pacino como protagonista. En la cinta, Pacino interpreta a un rockero que en su senectud, sigue viviendo gastando a espuertas, esnifando cocaína y girando sin parar interpretando aquellos temas que le dieron fama en los 60 y que le sirven para ingresar más dinero constantemente. En la película, su productor le regala una carta que le envió John Lennon en los 60, alabando alguna de sus canciones, y conminándole a seguir con esa carrera. Todo ello provoca una crisis en nuestro protagonista, quien se pregunta si cantar una y otra vez aquellos hits de los 60 que sólo quieren escuchar gente de su edad, sin volver a escribir ni una sola nota, es lo que esperaba de su carrera musical. El resto de la película se mueve en unos términos más sensibleros y sinceramente, no creo que nadie se esté perdiendo nada del otro jueves si no han visto “Nunca Es Tarde”. Se deja ver, y entretiene, sin más. Yo disfruté, pese a todo, con la composición del personaje del viejo rockero Danny Collins que dibuja Al Pacino. Y en esa imperfección, en ese derroche, en esa torpeza para moverse en un mundo real, en esa querencia a las sustancias, yo puedo ver personajes a los que tener más simpatía que a los pluscuamperfectos Eddie Vedder y Duff McKagan.

CANCIONES:

Southern Culture On The Skids: “Shotgun”

Jack Nitzsche: “The Lonely Surfer”

Nada: “Senza Un Perché”

Anuncios
10
Feb
16

Seis Grados De Separación: Bob Dylan

Me comentaba un amigo que mi próximo objetivo para este experimento de los Seis Grados De Separación (¿qué? Si Gran Hermano se calificó de experimento sociológico, también esto lo puede ser…) debería tratarse de Giannina Facio. ¿Qué quién es esa buena mujer? Actual esposa de Ridley Scott, quien la coloca haciendo cameos en sus películas (por ejemplo, esposa de Máximo en “Gladiator”), fue pareja/rollete de Pocholo Martínez Bordiu o de mi admirado Julio Iglesias, y buena asidua del famoseo hispánico.

Sé que mi amigo buscaba que el nombre de su también admirado Julio apareciera por estas líneas, y no, no es una cuestión de escrúpulos, en absoluto. Simplemente se trata de que, para cerrar este ciclo de los Seis Grados de Separación, buscaba algo todavía más difícil: nada más y nada menos que Bob Dylan. Reconozco no ser un gran fan del dichoso Bob Dylan, sus discos se me atragantan y me interesa más su figura histórica que su propia música. Pero estaremos de acuerdo en que se trata de un tío arisco y poco dado a las relaciones sociales. ¿Seré, entonces, capaz de establecer no más de seis grados de separación con Dylan? Ahora lo veremos.

Y nuestra historia comienza con Adrià Alemany. Tal vez por ese nombre no os salga nada, pero si os digo que Adrià Alemany es la pareja de la alcadesa de Barcelona Ada Colau, la cosa cambia. De hecho yo tampoco recordaba a Adrià, hasta que una amiga me refrescó la memoria. Yo (también ella, claro) conocí a Adrià cuando tenía 17 o 18 años. Entonces era un chaval más de los que zascandileaba con el grupito con el que me movía al salir de fiesta, principalmente por el Poble Nou y el Gòtic. No acabo de situar bien de dónde venía, y creo recordar que era amigo de un amigo, o compañero de su instituto, o lo que fuere. Sí recuerdo bien a Adrià, un muchacho guapete y carismático, con don de gentes y que causaba gozo en las chicas. De eso me acuerdo claramente, era el típico tipo que sabía estar en el centro del grupo y ejercer cierto liderazgo. Esa época era divertida, ibas a los bares de siempre del Poble Nou y entre la mugre, el humo y los pelos largos siempre te encontrabas con uno o con otro. Por aquél entonces nunca hablamos de activismo, seguramente estaba (estábamos) más interesados en beber y hacer el burro por ahí. Dada su edad, seguramente, igual que yo, acabábamos de acabar el COU (palabra que suena al Pleistoceno Superior) y comenzar la universidad. No recuerdo en absoluto a nadie llamado Ada Colau, y aunque pudiera ser, ya que nos juntábamos grupos bastante amplios de chicos y chicas que, obviamente, no recuerdo a todos, ni mucho menos sus nombres, ya no digamos apellidos, no me suena para nada. Colau es, además, 5 años mayor, lo que cuando se tienen 17 años, constituye un abismo.

Si Adrià Alemany es el grado número uno, queda claro que Ada Colau es el grado número dos. Hace ya tiempo que abandoné Barcelona para vivir en un gris pueblo del extrarradio, por lo que no me puedo declarar ni excesivamente a favor ni particularmente en contra de su gestión. Sí me parece una tía muy lista, mucho más de lo que pudieran reconocer sus adversarios políticos, tan decimonónicos ellos. Y con todo ello, resulta muy sencillo establecer un tercer grado de separación en Pablo Iglesias, seguramente un compañero de viaje de la Colau de algún modo forzado, porque ella nunca ha querido entrar en la disciplina de partido. No estoy en la labor de profundizar en cuestiones políticas en estas líneas, aquí vengo a hablar de rock and roll, de cine, de libros y de esas estupideces infantiloides que me gustan. Así que ahórrense los comentarios sesudos.

cleveland

Servidor, cuando salía a darlo todo a la pista del dancing mientras se codeaba con futuros activistas sociales…

En cualquier caso, no puedo dejar de comentar acerca de la persona que constituye el cuarto grado de separación, Mariano Rajoy Brey, con quien inevitablemente Pablo Iglesias tiene esa relación. Aunque no quiero meterme en cuestiones políticas, insisto, me es imposible no reseñar mi sorpresa ante cómo semejante tipo, tan gris, con carisma cero, sin capacidad de liderazgo, comunicador nefasto, sin iniciativa y sin hablar un inglés medio decente, puede haberse sentado en la jefatura del gobierno español. Lo cual dice muy poco de la sociedad española.

En fin, ese individuo se pasea como presidente del gobierno y se codea con presidentes tales como Barack Obama. Y bueno, si alguien quiere aprender algo de comunicación, que revise alguno de los mítines de campaña de Obama: acojona. No es que me las quiera dar de entendido, pero tuve la oportunidad de hacer ese ejercicio de revisión de mítines de Obama en clase, hace un tiempo, y, discursos aparte, impresiona. Y demuestra la diferencia. Por lo demás, un negro siendo presidente de un país en el que, tan sólo 50 años atrás no hubiera podido ni acceder a la universidad, por su raza, es algo que no se valora suficiente. Por si fuera poco, tengo un compañero de trabajo gringo cuyos ideales políticos quedan a la derecha de Sarah Palin que es incapaz de referirse al presidente de USA sin utilizar el epíteto fuckin’ antes de decir el apellido.

Así, si Barack Obama es mi quinto grado de separación, el siguiente paso es, señoras y señores, Robert Allen Zimmerman, Bob Dylan, a quien Obama galardonó con la mayor distinción civil de los Estados Unidos de América, la Medalla de la Libertad. No es muy habitual que un músico de rock llegue a esto. Y no deja de chocar, del mismo modo que hacía daño a la vista la consideración de Sir a Mick Jagger. En fin, yo soy de los que piensan que el rock n’ roll debería estar muy lejos de estas zarandajas, pero claro, figuras como Bob Dylan o Mick Jagger trascienden el rock n’ roll para convertirse en iconos populares, ni más ni menos.

Y aunque, ya lo dije, se me atragantan los discos de Dylan, me resulta interesante ahora que tiene 74 años y ya, directamente, hace lo que le sale de las pelotas, y pudiera ser que está más para allá que para acá, aunque tal vez sencillamente disfruta tomando el pelo a todos aquellos, fans y no fans, que escrutan todos sus movimientos, tratando de dotarles de un significado. Como muestra, aquella mítica entrevista de 2012 en el que se mostraba algo ido y explicaba una historia rocambolesca acerca de su transfiguración (sic.) con el espíritu de un Ángel del Infierno llamado Bobby Zimmerman que murió de un accidente en 1964. Y ese es el Dylan que me gusta, el que uno ya no sabe si está gagá, o flipado, o, directamente, tomándole el pelo a entrevistador y lectores, en lugar de caer en los lugares comunes y el chupapolleo habitual de esa clase de entrevistas. Minipunto para Bob Dylan, pues.

Y minipunto para mí, que en un doble salto mortal (tachán!) demuestro cómo entre el autor de “Like A Rolling Stone” y el que suscribe hay sólo, una vez más, seis grados de separación: Adrià Alemany – Ada Colau – Pablo Iglesias – Mariano Rajoy – Barack Obama – Bob Dylan.

Canciones:

Suede: “Like Kids”

Blue Cheer: “Summertime Blues”

David Bowie: “Absolute Beginners”

 

 

02
Feb
16

Seis grados de separación: Al Pacino

La semana pasada ya anduve tratando de demostrar la verosimilitud de la famosa Teoría de los Seis Grados de Separación. Sí, amigos y amigas, lectores todos de NDK… el mundo es un maldito pañuelo y estamos todos conectados. Así que cuidado con eso. Yo soy muy consciente de que mis tonterías en Twitter y en este, vuestro blog de referencia, me costarán muy caras en mi futura carrera política. Si es que algún día eso ocurre. De momento, de día yo soy un gris trabajador y de noche redimo mis penas en Internet.

Si la semana pasada mostré la conexión entre el juntaletras que suscribe y la reina de las guarrerías filmadas Sasha Grey, hoy pretendo ir un paso más allá. Porque no nos engañemos, Sasha Grey es muy guapa y para muchos puede resultar un mito, al menos, un mito durante cinco minutos en la soledad de sus ordenadores. Pero ahora pretendo ir hacia algo un poco más allá, hacia un verdadero mito. Damas y caballeros, seguidamente demostraré que entre mi persona y el gran Al Pacino no hay más de seis grados de separación. Vamos allá.

Todo comienza en el bloque de pisos donde vivía con mis padres. Ya lo he comentado en varias ocasiones, a pesar de mi porte aristocrático y refinadas maneras, yo soy un chico de barrio. Podría decir que en los barrios populares se vivía de otra manera, en donde se establecían ciertos lazos entre los vecinos, de un modo más fraternal, pero me temo que caería en el tópico, y también en la ignorancia, pues no tengo ni idea de las relaciones que pueda haber en la maldita calle Calvet de Barcelona, por decir algo. Pero imaginemos un bloque, con familias conviviendo en muy poco espacio por (ya entonces, cuando aún vivía allí) unos treinta años y con hijos yendo al mismo colegio. Los lazos son inevitables. Pues bien, mi familia tenía relación amistosa-vecinal con otra familia de ese bloque. Dos hermanos, el mayor tenía 3 años más que yo, la pequeña, 2 más, e iba a la clase de mi hermana. Pues será ese hijo mayor, cuyo nombre, claro, omitiré, el que consideraré mi primer grado de separación.

Año 1997, se estrena la película “Airbag”. Buena película, muy divertida, aunque acabaría generando unas cintas derivadas que daban bastante lástima. Pero no le restemos mérito a una peli como “Airbag” que acabaría entrando por la puerta grande en el imaginario popular, ¿quién no ha dicho alguna vez un chascarrillo de esa cinta? (“muy profesional”, “si es que las visten como putas”, el dar golpecitos al coche como el guardia civil, …). Y el sector masculino seguramente recordaremos a la actriz Vicenta Ndongo, de ascendencia guineana, que tenía un papelito corto como prostituta (y pieza central de la trama). Cómo olvidar a Vicenta, que salía muy guapa y enseñando sus encantos en ese papel. Ella tenía 29 años entonces. Yo, 18. Y mi vecino, 21. El dato es relevante en tanto resultaba que esa, mi familia de vecinos, había tenido un trato al parecer bastante fraternal y amistoso con la familia de la Ndongo. Tanto es así que el padre de mi vecino, en una cena en su casa hacía el comentario, jocoso, y decía algo así como “collons, la Vicenteta, si jo em recordo quan era petita i s’havia quedat a dormir a casa, a l’habitació d’aquest” mientras señalaba con la cabeza a su hijo. Y yo, con esa adolescencia revolucionada, miraba a mi vecino y recordaba esas escenas picantes y claro, no podía evitar pensar en que, joder, debería retomar esa amistad.

RESIIDUO

Por aquí podréis encontrar gran parte de la filmografía de Al Pacino entre 1998 y 2016… la de Robert De Niro está más al fondo, en la trituradora… (by @carloskarmolina)

Vicenta Ndongo es, claro, mi segundo grado de separación. Hay que decir que “Airbag” fue, seguramente, su papel más popular, aunque por lo que me chiva Wikipedia, ha ido haciendo trabajitos por aquí y por allá. En “Airbag” tenía también un papel corto Paco Rabal, precisamente relacionado con el personaje de Vicenta Ndongo. Rabal,  un mito, en este caso, del cine español. Qué puedo decir, aunque respeto su carrera, no puedo compararlo con la admiración que puedo sentir por Al Pacino. Sea como fuere, Paco Rabal será mi tercer grado de separación.

Un dato curioso sobre Paco Rabal es que en 1977 rodó una película a las órdenes de nada más y nada menos que William Friedkin. “Carga Maldita”, se llamaba. Estamos hablando, poca broma, del director de “El Exorcista” y de “The French Connection”. Sin embargo, el pobre Friedkin tuvo la mala fortuna de estrenar “Carga Maldita” justo una semana después del estreno de “Star Wars”, de modo que además de llevarse bastantes palos por parte de la crítica, resultó ser un fiasco económico, de modo que si consideramos que no sólo ejercía de director sino que también era productor (vamos, que ponía sus cuartos), la cosa acabó francamente mal.

William Friedkin es mi cuarto grado de separación. Y llegamos casi al final, con un Friedkin en un modo oscuridad que tuvo la osadía de estrenar una película como “A La Caza”, basada en una investigación policial sobre un asesino que se movía en los círculos homosexuales de Nueva York, infiltrando a un agente en el ambiente gay… en pleno 1980. Claramente fue una jugada arriesgada, en esa época, mostrar un ambiente relativamente opaco como el gay con escenas francamente explícitas. Insisto, era 1980. A mí me parece una gran película, muy valiente y muy bien resuelta. ¿Y quién protagoniza “A La Caza”? Efectivamente, Al Pacino.

Qué puedo decir de Pacino… él es Michael Corleone, él es Tony Montana, él es Carlito Brigante, él es Serpico… curiosamente no rodó mucho durante la década de los 80s, que inauguró con esa “A La Caza” pero que cerró con tan solo cinco películas en su haber. Una minucia, si consideramos la cantidad de cintas en las que apareció a partir de 1990. Un dato curioso, no más. En cualquier caso, y nada que no le ocurra a un Robert De Niro cualquiera, a partir de mediados de los 90s su presencia en pantalla no garantiza un nivel. En los 70s y 80s, si tanto Pacino como De Niro estaban en el casting, sabías que la película iba a valer la pena, como mínimo. Pero ya no fue así de mediados de los 90s en adelante. En la década grunchi protagonizó grandes pelis, qué duda cabe (“Atrapado Por Su Pasado”, por ejemplo), pero sus últimos momentos de gloria los situaría con “Pactar con el Diablo” y “Donnie Brasco” (ambas de 1997). A partir de ahí, poquita cosa más, la verdad. Supongo que no siempre se escogen buenos proyectos, y al final, un Ferrari nuevo nunca está de más.

Así, quién lo iba a decir, estoy incluso más cerca de Al Pacino que de Sasha Grey. Veamos, el tema era Mi Vecino – Vicenta Ndongo – Paco Rabal – William Friedkin – Al Pacino. Cinco grados de separación, camaradas, no me hacen falta ni seis. Os regalo el último.

Canciones:

A Tribe Called Quest: “Jazz (We’ve Got)”

Man… Or Astro-Man?: “Manta Ray”

Charles Bradley: “Changes”

 

04
Ene
16

Reina, maga…

Leo con estupor un patético escándalo que se ha formado con el tema de las Reinas Magas. Que si Carmena la comunista rompespañas atenta contra la tradición católica en Madrid, que si ahora el papa le da por sacar a una niña de reina maga el primero de enero, lo cual me ha dejado con una considerable empanada de fechas tradicionales (1 de enero y ya con reyes??). En fin, en mi querencia por meterme donde no me llaman, he creído necesario meter cucharada y hacer una aportación, pues en mi barrio ya había reinas magas allá por esos maravillosos 90s. Y llegado a este punto, les pediré a mis fans menores de 10 años que abandonen la lectura de estas líneas ahora mismo (y se vayan al PornHub), porque lo que sigue, podría acabar con la magia de la navidad…

Esta historia es de cuando yo tenía unos doce años, o algo así. Tal vez serían once. Entonces estaba apuntado a un esplai, palabra que ahora descubro que en castellano es “esparcimiento”, uno de esos esplais asociados a la parroquia del barrio, que parecían un vestigio de los años del tardofranquismo en donde la iglesia catalana más democrática y de barrio hacía proselitismo católico y obrero. Nada que objetar, oiga, para mi madre era una manera de tener a sus niños colocados haciendo actividades variadas, generalmente juegos, visitas culturales y manualidades, sin andar zascandileando por las calles con vete-tú-a-saber-quién, y para mí, he de reconocer que había momentos más divertidos que otros, pero no estaba mal. Y no, el rollo parroquiano católico nunca resultó agobiante en aquel esplai.

papanoel

Este mamonazo es el que más habrá disfrutado leyendo estas líneas… (photo by @carloskarmolina)

Llegadas las fechas navideñas, se decidió hacer un pesebre viviente como actividad para la chavalería, y se representaría la tarde del cinco de enero. La historia acabaría como punto de llegada de los Reyes Magos de la cabalgata de mi barrio, la Zona Franca, o como lo llaman ahora, La Marina del Port, nombre al que me cuesta acostumbrarme. Los monitores del esplai  repartieron los papeles, y a mí me tocó de pastor, lo cual era bastante molón y me permitía estar con mis coleguitas del grupo. De modo que nos emplazaron a hacernos con un disfraz y allí me presenté, la tarde del cinco de enero, con mi disfraz de lo que sería un pastor de la Palestina del siglo I. O por lo menos, mi disfraz tal y como si fuera a aparecer en uno de esos péplums de Samuel Bronston que se emitían en TV cada semana santa. Mi sorpresa llegó cuando vi que el resto de mis compañeros pastores no iban como tal, sino que llevaban los ropajes clásicos de Els Pastorets, pelliza y barretina incluidos. Vamos, más La Cerdanya que Galilea. Malditos tradicionalismos nostrats. Para no desentonar, me colocaron de figurante junto a un pozo, con una monitora que también iba disfrazada de “Rey De Reyes”, por lo que mi plan de pasarme la tarde de charleta con mis coleguitas pastores se había ido, de repente, al garete. Y no, mi querido sector cerdete de lectores, la monitora en cuestión difícilmente podría generar ningún tipo de fantasía erótica, ni en mi yo de once años ni, y me perdonarán la crueldad, en ningún hombre heterosexual. O tal vez sí, que hay tipos muy raritos en este mundo.

Reconoceré que a partir de ese momento, resultó ser un coñazo, estar allí plantado junto al dichoso pozo de cartón piedra, disfrazado con una túnica roñosa y en compañía de la monitora en cuestión. Los minutos pasaban lentos, demasiado lentos, y de lejos veía a mis amiguetes del esplai, con sus putas barretinas, sentados junto a un fuego donde se estaba cocinando una gran perola de escudella, riendo y calentitos a la lumbre. Mis sentimientos de paz y armonía navideña iban mutando en decepción, aburrimiento y odio. Y en esas llegó la cabalgata de los Reyes, que había recorrido el Paseo de la Zona Franca y tenía su final en el parque donde estábamos.

Mi compañera de pozo, la monitora, me dio un cazo con agua y me conminó a ir a los Reyes, que habían bajado de su carroza y estaban frente a nuestro portal de Belén, a ofrecerles agua. “Ve”, me dijo, “y les ofreces diciendo: ¿su majestad tiene sed?” y yo, que ya tenía once años, ya lo sabía todo, y tenía la edad del pavo subida,  comencé a sentir una gran vergüenza por este teatrillo absurdo que me obligaba a hacer. La monitora insistió, y allí me acerqué, con mi túnica, con mi cazo, y con mis mejillas enrojecidas, a la comitiva real, y formulé la cortés pregunta: “¿su majestad tiene sed?”. Supongo que la vergüenza me hizo hablar en voz demasiado baja, de modo que el rey ni se enteró de lo que decía, y en cambio, uno de los pajes reales, una señora (¿una paja?) se giró y con cara de sorpresa simplemente contestó “¿qué?”. Así que insistí con mi frase, “¿su majestad tiene sed?”. La señora cogió el cazo de mis manos y se lo acercó a Su Majestad, mientras le decía “Manoli, bebe agua”. No podría decir mucho más, no sé qué rey era Manoli, si el negro, pintado como mandan los cánones, si era Gaspar o si era el jodido rey Leopoldo de Bélgica, la vergüenza de esa patética escena me hizo que ni mirara, cogiera el cazo de vuelta y me marchara corriendo a mi pozo de cartón piedra. Las navidades ya nunca serían lo mismo para mí.

Canciones:

Echo & The Bunnymen: “The Killing Moon”

Curtis Harding: “Surf”

Courtney Barnett: “Depreston”

 

06
Oct
15

Trabajos de adolescente (1): El Barça

Ah, los trabajos de estudiante. Martingalas variadas en las que algunos estudiantes nos vimos más o menos obligados a meternos con el fin de poder conseguir unas perrillas que gastar en vicios variados, ni que fuera el sobrante después de pagar la matrícula de la universidad. Eso era, claro, cuando para poder pagarse una universidad pública no hacía falta vender un riñón en el mercado negro de órganos. Eran otros tiempos.

Si lo miro de este modo, tampoco me puedo quejar. Otros han tenido que acumular curreles miserables aún acabada su etapa estudiantil. Y sin embargo, permitidme que esquive el rollo panfletario de la precariedad laboral y la lucha de clases. Y permitidme que me centre en esos trabajillos que fui haciendo durante mi etapa como estudiante, desde que tuve 14 años hasta que tuve 22 y firmé mi primer contrato de 40 horas semanales, nóminas, y todas esas cosas.

Como quiera que no pretendo relatar mi trayectoria profesional adolescente de modo cronológico y exhaustivo, me permitiré ir dando saltos y centrarme en aquello que considere, que para algo éste es mi blog y escribo sobre lo que me sale de los cojones.

De modo que comenzaremos por la primera entrega de la que espero, sea una saga: El Barça

Sí, habéis leído bien, el menda estuvo trabajando para el Futbol Club Barcelona, entre las temporadas 95-96 y la 98-99. Lamentablemente, no formaba parte de La Masia, ni del staff técnico, ni siquiera era el chico que le encendía los puros a Joan Gaspart. No. Mi tarea era la de dependiente, por decirlo de algún modo, de los puestecillos de alquiler de almohadillas en la tribuna del Camp Nou. Para aclarar, en la tribuna del estadio, se ofrecía la posibilidad de alquilar una especie de cojinete de espuma para que los socios con dinero que pululaban por la tribuna pudieran posar sus nalgas sobre algo más mullido que el frío plástico del asiento. La burguesía barcelonesa se llevaba uno de estos cojinetes y luego los dejaban en el asiento para su posterior recogida. El doctor Barraquer, familias de jugadores, etc…

Así, mi trabajo era básicamente el siguiente: Entrar con dos horas de antelación al estadio, lucir una fantástica bata azul de operario, arrastrar las cajas de cojinetes a mi puesto y pasarles un trapito para quitarles el polvo. A medida que se acercaba la hora, los socios amb caler iban pasando y por unas 125 ptas, creo recordar, se llevaban los cojinetes. Una vez comenzado el partido, guardábamos en un cuartillo inmundo las cajas y los cojinetes restantes, si los había, y se nos pagaba, a razón de 25 ptas por cojinete. En un partido mediano podías sacarte unas 3000-4000 pelillas, lo que no estaba mal, si contamos que comencé con 14 años. El que tenía un business interesante era el responsable del tinglado, que, ese sí, se llevaba 100 ptas por conjinete, con lo que haciendo números rápidos, si yo me levantaba 4000 ptas, él se llevaba 16.000 ptas. Eso sólo por mi puesto, y éramos 7 u 8 puestos.

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma...

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma… (by @carloskarmolina)

Una vez recogido el dinero, podía buscarme cualquier asiento que hubiera libre en tribuna (y siempre habían) y ver el partido. Al final del encuentro, tenía que recoger los cojinetes de los asientos, lo que solía ser una tarea rapidita. Y listo.

El gran aliciente se suponía que era poder ver los partidos gratis. Y sí, reconozco que tenía su gracia. Pero no os engañaré, aunque me gusta el fútbol, una cosa es ir al campo cuando te apetece y otra es ir siempre, por obligación, sea sábado o domingo y tragarse todo el partido, por coñazo que sea, fuera bueno o malo, y sin verlo entre amigos, que no deja de formar parte del ritual. Será que ahora me gusta más el fútbol que antes, pero os aseguro que llegaba a tocarme bastante las narices, y más de una vez hubiera querido recoger el dinero y largarme sin ver el partido. A mí me tocó, además, las dos temporadas en las que a Antena 3 le dio por emitir un partido los lunes a las diez de la noche. El horror. Había mucho flipado entre el grupo de gente que allí trabajaba, pero yo, si iba, y si aguanté cuatro años, era por el dinero. Llegó un momento en el que el Barça me la traía al pairo.

Aquél fue mi primer trabajo, más o menos, en los que, siendo un crío, me rodeaba de tipos, bastante mayores que yo. Eran otros tiempos, y era otro Barça, un Barça muy casero, muy poco profesionalizado en lo que a servicios se refería. No se me olvidará jamás aquél cuartucho donde se guardaban los cojinetes, con un escritorio de los de flexo deprimente, y con el jefe,  un burgués venido a menos, aprendiz de empresario (que sus buenos duros manejaba, el mamón), Ducados perennemente colgado de los labios, fumando en el cuartucho, claro, aires de superioridad y gris, todo muy gris, contaba los cojinetes devueltos y te pagaba acorde a las “ventas” de aquella tarde.

Por si fuera poco, a aquél curro yo llegué como se hacían antes las cosas, supongo que también ahora, colocado por un amiguete de mi padre. El tipo tenía un yerno que también había colocado, y llevaba años en ese trabajo. Al cabo de varios partidos, hubo una reorganización, quién sabe por qué, y en lugar de ponerme un puesto para mí solo, me colocaron en el puesto de ese tipo, por lo que pasé a ser “su ayudante”. Y el muy hijo de puta, en lugar de repartir las ganancias al 50%, me daba lo que él consideraba. Si se hacían, qué sé yo, 6000 ptas, él se quedaba 4000 y me daba 2000. Y así estuve al menos dos años. Y ahora puede parecer una chiquillada, el prisma del paso del tiempo, que todo lo deforma. Pero os juro que aún hoy de buena gana le reventaría la cabeza con un bate de béisbol, como Robert De Niro hacía interpretando a Al Capone en “Los Intocables de Elliott Ness”.

En cuanto al fútbol, qué puedo decir. Me tragué una etapa muy triste en el club. Sólo hubo un destello de diversión, el año de Bobby Robson, con aquél mágico Ronaldo, el gordo, antes de estar gordo, cuando de sus botas salía pura magia, y como nunca más volvió a salir. Por lo demás, yo vi jugar a Prosinecki, a Korneiev , a Bogarde o a Zenden. Ojo ahí.

Y al final lo dejé, aburrido. Cansado de aguantar gilipolleces del jefe, del yerno y de su puta madre. Decidí que para cobrar unas perrillas, podía buscarme otras cosas. Y que el futbol, en la tele, se ve muy bien. Desde entonces, no he vuelto al Camp Nou.

Canciones:

Pink Floyd: “Learning to fly”

Phoenix: “1901”

Royal Blood: “Figure it out”

07
Sep
15

De disk-jockeys y aniversarios

En este 2015 se cumplen 50 años de la muerte de Alan Freed, mítico DJ de radio que ayudó a popularizar el rock n’ roll en su etapa más primigenia. Se podrían decir muchas cosas de ese tipo, pero a pesar de que no fue un santo, pinchaba las versiones originales de las bandas negras en una emisora de música blanca, cuando lo habitual por aquél entonces era que en las emisoras blancas se pincharan versiones de las hits de R&B o DooWop grabadas por grupos o cantantes blancos. Pat Boone, por ejemplo, hizo gran parte de su carrera inicial a base de grabar (y suavizar) hits de negros para audiencias blancas. Pero a Freed le iba la música de negratas y no dudó en pinchar los originales.

De hecho, 60 años atrás, en 1955, Alan Freed estaba en su momento más álgido, y sus programas, además de los conciertos que montaba, eran tremendamente populares. Luego todo caería en picado. Se le acusó, no sin razón, de recibir dinero por pinchar determinadas canciones, cosa que sí, reconoció hacer, pero que resultaba ser una práctica muy extendida. Lo cual no empaña que radiara una música que por entonces era casi revolucionaria y que si hoy escuchamos la música que podemos escuchar es, en parte, gracias a gente como Alan Freed. Por cierto, esa práctica de cobrar por pinchar ciertos temas se popularizó con el término de payola, palabreja que me resulta hilarante. Soy tontito, lo sé. En realidad, es una contracción de pay y Victrola que era un modelo muy popular de reproductor de discos. ¿No es el inglés un idioma adorable?

Y 20 años atrás (tal vez serían 22, pero 20 queda como más redondito) hubo un pequeño evento en mi barrio, conducido también por uno de los DJ de radio más populares de esta triste parte del mundo: Tony Aguilar. Por alguna razón, y todavía estoy en proceso de identificar el qué, este recuerdo vino a mi memoria. A principios de los 90s, la Zona Franca de Barcelona todavía se llamaba Zona Franca, lo de maquillar el tema bajo el nombre de Barri de la Marina de Sants vino mucho más tarde. Supongo que la denominación Zona Franca llevaba implícitas unas reminiscencias de barrio chungo, aunque a decir verdad, en esos años, a principios de los 90s, ya no era un barrio tan chungo, si bien acarreara la mala fama.

Buena mierda de la época (by @carloskarmolina)

Buena mierda de la época (by @carloskarmolina)

Sin embargo, la anécdota es significativa de cómo se mueve un barrio, y esas mecánicas muy de pueblo que tiene, a menudo. El evento en cuestión es que se inauguraba una tienda Bazar El Regalo, cadena de electrodomésticos que diría yo que se quedó por el camino, arrastrada por la crisis, la competencia y los cambios de hábitos en compras. Pero amigos, en 1993, en mi barrio, eso era un evento. Y para la inauguración en cuestión, un viernes por la tarde, Bazar El Regalo contrató a Tony Aguilar para animar el cotarro. No es que fuera yo fan del tipo en cuestión, de hecho, Tony Aguilar se caracterizaba por pinchar una música de mierda en una época en la que fácilmente podían sonar encadenados Guns n’ Roses, Pearl Jam y Spin Doctors en la dichosa Cadena 40.

Pero, eh, era el evento de la tarde en un barrio en el que no solían pasar esas cosas, y por supuesto me fui con un amigo a curiosear, y de paso, participar en el sorteo de alguno de los walkman que anunciaban. Y allí apareció, en una triste tarima, el tal Aguilar, con su asquerosa gorra como si fuera un puto Alan Freed cañí. Me dice la Wikipedia que Tony Aguilar sigue siendo locutor de la Cadena 40. Yo recuerdo, y este recuerdo es algo posterior, por lo que me comienza a resultar inquietante mis constantes conexiones con Tony Aguilar, que intentó meterse en la música, sacando una versión de Joe Bataan, a quien casi nadie de su público conocía, claro. Así que, en definitiva, allí estábamos mi amigo y yo, dos niños de 13 años, esperando que la suerte nos sonriera y saliéramos con un walkman, un vídeo VHS o una batidora, qué sé yo. Pero no fue así, y el Bazar El Regalo de Zona Franca quedó solemnemente inaugurado, y nosotros pasamos otra tarde de adolescentes sin pena ni gloria.

Canciones:

Black Flag: “Six Pack”

Sananda Maitreya: “O Divina”

Mick Ronson: “Like a rolling stone”

17
Nov
13

Historias de la Universidad (pt.III)

Las ideas preconcebidas son unas compañeras muy cabronas. Eso deberíamos grabarnoslo todos en esa hamburguesa de McDonald’s que tenemos por cerebro. O tatuárnoslo, como si fuéramos el tipo de “Memento”. Lo mejor es acudir virgen a los acontecimientos y lugares. Nos evitaríamos, creedme, muchas decepciones. A estas alturas, si habéis leído la primera y la segunda parte de esta serie de Historias De La Universidad, ya os habréis dado cuenta de que las decepciones fueron, durante mi período universitario, constantes. Por lo menos durante los dos primeros años. Más adelante ya me había acostumbrado, y lo que deseaba era acabar con ello cuanto antes, y con la mayor dignidad. Académica, se entiende.

Mi centro universitario era una chapuza. Tenía una ventaja primordial, y era el hecho de estar situada en una zona bastante céntrica y asequible de la ciudad de Barcelona. Por lo demás, se trataba de un edificio decimonónico, con todo lo que ello implica. De hecho, cuando comenzamos el curso, la biblioteca, que estaba en plena fase de reformas, todavía no se había acabado, y pasaron varias semanas hasta tenerla disponible. El ala donde hacíamos las clases era vetusta, con unos desconchones dignos de Sarajevo en 1991. Puede parecer frívolo, ahora mismo, hablar de estos, digamos, inconvenientes arquitectónicos o estructurales. De hecho, ahora mismo me parece de una inocencia tremenda. Pero os aseguro que en aquél momento me indignaba.

Otra de las decepciones, y esta fue de las grandes, residía en el profesorado. Uno imaginaba a un profesor de universidad como una suerte de sabio dispuesto a compartir sus conocimientos con el alumnado. Y sí, había alguno de ellos francamente listo. Los menos, por desgracia. De la docena de profesores que tuve el primer cuatrimestre, apenas se podía salvar alguno. Y de ellos, de los que sí que parecían ser señores de sapiencia magna, su capacidad de transmisión de conocimientos dejaba que desear. Eran, por supuesto, mejores que varios inútiles que combinaban un nivel justito con una pose de desidia hacia el alumnado sonrojante.

Proyector de transparencias de acetato... antigüedades...

Proyector de transparencias de acetato… antigüedades…

Recuerdo con claridad a un idiota que impartía su asignatura a base de transparencias. Sí, eso suena al Pleistoceno Superior, por lo menos. Pero en 1997 yo recibí MUCHAS asignaturas con transparencias. Para el sector juvenil de NDK, se trataba de imprimir en un papel de acetato, un puto plástico transparente, y situarlo en un proyector que a base de una lámpara y un juego de espejos, mostraba el contenido en una pantalla blanca. Pues bien, ese profesor había escrito unos apuntes a mano y los había fotocopiado en acetato. Con todo lo que ello conlleva. Los había escrito en una libreta de folios cuadriculados, por lo que la cuadrícula también se veía en la transparencia. Los había escrito con tachones y estructura caótica. Y lo que es peor, con unas faltas de ortografía que asustaban. Hablo de escribir artefactos incendiarios contra la lengua castellana del calibre de (sí, lo juro) “vamos ha ber”. De verdad, ¿cómo querían que respetara a un profesor así? Para colmo, usaba constantemente una muletilla, “pa’ que haiga”. “Usamos esta fórmula pa’ que haiga un resultado blablablá”. Reconozco ser bastante puntilloso con la ortografía y la gramática. Y sin embargo, lo de ese individuo resultaba sonrojante. Pero ahí estaba, el tipo. Año tras año, con su asignatura, impartiendo lo mismo una y otra vez. Mandando imprimir esos apuntes lamentables en reprografía, y con el alumnado, curso tras curso, leyendo “vamos ha ber”. Con esa libreta, el original, el incunable, amarilleando. Y no es exageración, el tipo llevaba su libreta original con las páginas tomando ese color del papel antiguo. Reventando el vergüenzajenómetro.

Canciones:

Imelda May: “Love Tattoo”

Billy Idol: “Flesh For Fantasy”

Def Leppard: “Love Bites”




septiembre 2017
L M X J V S D
« May    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

Sígueme en Twitter

Categorías