Posts Tagged ‘viajes

11
Ene
16

Adiós, David…

Esta historia arranca en verano de 1997. Sí, me había prometido a mí mismo que ya, que ya vale de batallitas de los 90s y de explicar mis miserias por aquí. Ocurre que esta mañana el Twitter me ha dicho que David Bowie había muerto, y yo no me lo había creído, una de esas mentiras hijoputescas de las redes sociales, pensaba yo, o mejor todavía, una jugada de marketing con algo de humor negro de un Bowie que se las sabe todas y que había publicado nuevo disco tan solo unos días antes. Pues jódete, resulta que sí, que el tío la ha diñado, y ahora estoy compungido, me ha dado mucha pena que se haya muerto. Estas mierdas que sólo los fans entendemos. De modo que permitidme volver a ese verano del 97.

Por entonces yo no era fan de Bowie. No conocía su música, salvo algún single por aquí y por allá que emitían en “Los Cuarenta en Canal +”.Sabía, claro, que se trataba de una figura histórica, que era reverenciado por propios y extraños, incluidos, sí, todos aquellos ídolos de la música que entonces era actual y que resultaba, básicamente, la única que yo consumía. Trent Reznor giraba con él, Placebo eran sus teloneros y, claro está, el celebérrimo “The Man Who Sold The World” que Nirvana versioneó. Pero la realidad es que no había escuchado ninguno de sus discos, y para mí era, principalmente, el pelanas de “Dentro Del Laberinto”.

Conocía, también, que el tipo pasaba de su material más antiguo, no era como esos grupos de los 60s y 70s que básicamente hacían conciertos de revival (alguien dijo The Rolling Stones?) y se arriesgaba con movimientos más cercanos a la música que entonces era más o menos actual. De esa época me gustaban sus singles “Strangers When We Know” o el gran remix que los Pet Shop Boys habían hecho de “Halo Spaceboy”, en donde demostraba una cierta querencia por la música electrónica. Pero no, no había escuchado, al menos no conscientemente, “Life on Mars” o “Heroes”.

bowie

Selfie David & me (by @carloskarmolina)

En ese verano del 97 yo había acabado el instituto, en unos meses entraría en la universidad y todo parecía cambiante. Durante el mes de julio, y por unos días, me fui con mi primo, de mi misma edad, a Madrid. Estaríamos en casa de mi tío, el clásico tío bohemio, algo tarambana y homosexual que toda familia ha de tener. De profesión, bailarín. No te digo . Era la segunda vez que iba allí, y resultaba genial, porque mi tío vivía su vida de un modo muy diferente a la clásica rigidez de la familia convencional, de aquí se come a las dos con el telediario puesto y del a ver a qué hora vas a llegar. Con mi tío, y su pléyade de amigos, a cuál más pintoresco, se comía cuando apetecía, se fumaba cuando había, se escuchaba música (por desgracia, demasiado flamenco) y se vivía en un piso en pleno barrio de Lavapiés, que por entonces no me parecía tan degradado. Igual lo estaba y yo, simplemente, no sabía o no quería verlo.

El 15 de julio nos preguntó, a mi primo y a mí, que qué nos apetecía hacer esa noche. Nos comentó que un amigo suyo iba a ir a un concierto de David Bowie, y había propuesto ir. Y sorprendentemente, lamentablemente, le dijimos que no. Preferíamos ir a tomar una copa y lo que saliera. Es decir, me invitaban a ver a Bowie y lo rechacé. No sabéis la de veces que he recordado, con el paso de los años, esa propuesta. Al final, claro, he acabado sin haber estado nunca en una actuación de David Bowie en directo, y el fatal desenlace de hoy ya lo ha hecho imposible. Me consuelo pensando que ese show probablemente me hubiera decepcionado, con un Bowie muy metido en el drum’n’bass y el trip hop y que además pinchó de manera inesperada en la capital española, donde se trasladó el show de Las Ventas a la sala Aqualung porque sólo se habían vendido unas 3000 entradas.

No, no hay moraleja en esta historia. Descubrí la música (y la figura) de Bowie pocos años después, para quedarme prendado. Seguramente esa noche lo pasaríamos bien igualmente, y de poco sirve pensar si me hubiera gustado o no el concierto, ni qué clase de experiencia vital hubiera supuesto. Quizás, ya digo, decepcionante. Pero hoy David Bowie ha muerto y no he podido evitar acordarme una vez más de ello.

Canciones:

David Bowie: “Strangers When We Meet”

David Bowie: “Cat People (Putting Out Fire)”

David Bowie: “1984”

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11
Dic
15

El peor trabajo del mundo

Tal vez tú te creas que tu trabajo es una mierda… sí, te hablo a ti, lector quejumbroso de NDK, que te regodeas en tus miserias personales mientras piensas con odio en ese jefe que te ningunea, en esos compañeros que no colaboran, en esa, sí, esa que te gustaría tirarte pero que no te hace ni puñetero caso, y en la faena aburrida y monótona en la que gastas ocho horas de tu vida, día tras día, sin permitirte demostrar la valía que sabes que tienes y que sin duda merecería mejor aplicación. Tal vez creas eso, pero no es así. Y para ello está el tío Kar, para explicarte, cual abuelo cascarrabias, que lo que ocurre es que vuestra generación está demasiado acostumbrada a atar los perros con longanizas, expresión que, dicho sea de paso, es absurda, porque si así fuera, en primer lugar, vaya una mierda de longaniza blandurria que permite hacer un nudo y, por otra parte, diablos, el chucho se la comería.

Pero antes, permitidme que os explique una historieta. Es una de esas historias que abundan en este blog, de viajes y situaciones absurdas, con un cierto componente de autocompasión por parte de quien suscribe, que consejos vendo pero para mí no tengo, y, claro está, ese ego ingente que ahora mismo pugna por salir de la habitación donde me encuentro y estallar destrozándolo todo, como el muñeco de los marshmallows de Cazafantasmas. Y para variar, algo de escatología, que siempre le da al asunto una pátina de humor y resulta una muestra de mi bajo nivel intelectual, que me hace reír como un idiota con el caca, culo, pedo, pis.

Pues resulta que el mes pasado viajé a Malasia, concretamente a la capital, Kuala Lumpur. Es ahora cuando a ti, lector, te toca pensar “joder, qué chulo, qué vidorra se pega éste, cómo debe molar ese país” y todas esas cosas que me toca sufrir y que asumo estoico como un ecce homo  pero en la versión guapa, no la versión graffittera que dio efímera fama a esa abuela beatilla de Borja. En fin, para quien se crea que todo el sudeste asiático es como un publirreportaje de Turismo en Tailandia, con playas paradisíacas, delicias gastronómicas, bellezas asiáticas, templos budistas en cada esquina y diversión a tutiplén, le recordaré que Malasia es un país eminentemente musulmán, siendo ésta la religión oficial, luego, es un coñazo de sitio donde no te sirven cerdo para comer y done suena la dichosa llamada a la oración desde las mezquitas cinco (cinco!) veces al día. Lo cual contrasta con Kuala Lumpur, una urbe de apariencia ultramoderna, al menos en el centro económico, con rascacielos espectaculares y las torres Petronas reinando. Que no engañen las apariencias, más allá de la alargada sombra de esas torres Petronas, el resto de la ciudad es bastante cutre.

petronas

Torres Petronas, desde arriba. Un bonito día… (photo by @carloskarmolina)

Pero amigos, las torres Petronas es la atracción principal, y aprovechando mi última mañana en el país, dado que la faena había acabado y mi vuelo era por la tarde, decidí hacer de turista y sí, subir a las torres, que tenía, por otra parte, muy cerca de mi hotel. Para subir se compran unos tickets que distribuyen las visitas por franjas horarias. 15:15 era mi hora. Y llegué con veinte minutos de antelación. Pero tal cual iba llegando, notaba una llamada de la naturaleza, que es una forma fina de decir que me estaba cagando vivo y que el maldito bocadillo de Subway no me había sentado todo lo bien que debiera. Y como no era plan de subir 86 plantas con semejante carga en mis tripas, y bajo posibilidad de sufrir un ridículo accidente, decidí ir en busca de un baño. Anexo a las torres hay un centro comercial, y, claro, lavabos. Di con unos cercanos, con un letrerito que indicaba algo como “lavabos de pago, los hay gratuitos en la siguiente planta”. Como quiera que en estas situaciones límite uno no debe ser rata, decidí pagar. Nada, el equivalente a 50 céntimos de euro y te daban una suerte de toallitas de bebé. Eso era todo, pensaba. Pues no.

Al entrar en el baño en cuestión había un tipo. Pensaba que estaba, sencillamente, haciendo cola. Pero no era así. Al verme entrar, me saludó, servicial, abrió la puerta de un cubículo y se puso a limpiar la taza del wáter, dando un repaso rapidito. Sorprendido, entré y cerré. Yo, que soy un alma sensible, no me sentía muy cómodo con lo que iba a hacer, y teniendo a ese pobre señor al otro lado de la puerta, y sin embargo, ¿qué otra opción me quedaba? Desde luego, ninguna. Así que me puse a la faena, que para eso habíamos llegado hasta allí. Una vez finalizada, allí estaba ese caballero, sonriente, activando el grifo del lavamanos para mí, de un servicial que resultaba ridículo. Mojé mis manos, claro, y automáticamente mi recién estrenado vasallo le daba al pulsador del jabón para que pusiera mis manos debajo. Finiquitada la higiene, me acercó unos trozos de papel para secarme, y me puso una suerte de colonia o loción para las manos. Abrumado, le di las gracias y me marché.

¿Y ahora, qué? Imaginemos la rutina laboral de ese individuo, ocho horas limpiando wáteres que van a ser automáticamente utilizados, ocho horas de olores y ruidos poco agradables, ocho horas de asistir en la compleja labor del lavado de manos a tarados como yo. Entonces, ¿ahora, qué? ¿Verdad, lector, que te sientes un poco mejor con tu trabajo? De nada.

Canciones:

Nouvelle Vague: “Ever Fallen In Love”

The Faces: “Ooh La La”

R.E.M. : The Wake-Up Bomb

20
Oct
15

La Posibilidad de una Isla

Escribo estas líneas en un avión que me lleva a Bogotá con una estúpida, inesperada y ciertamente irritante parada en Cali. He visto la película “J. Edgar” de Clint Eastwood, con ese Leonardo DiCaprio y ese maquillaje que me recuerda a los “Celebrities” de Muchachada Nui. Y sin embargo, no está mal, la cinta. Eastwood rueda con oficio y su duración infame de dos horas y cuarto pasa agradablemente. Pero es que a mí me gusta mucho el tema, cosas de consumir demasiada literatura de James Ellroy y demasiados “No Me Judas, Satanás” de César Martín en Popular 1. Dos fuentes con una particular conexión, lo reconozco.

Los viajes transoceánicos en avión me suelen dar pie a reflexiones que probablemente vienen filtradas por el cansancio, el agobio, el aburrimiento, esa extraña sensación de no saber qué hora es, la de verdad, la de tu cuerpo. Tengo 35 años y seguramente he cubierto al menos un tercio de mi vida. ¿Alguna vez os habéis pensado a parar en ello? Aunque soy joven, por lo menos así me considero, ya no soy lo que se calificaría de “un jovencito”. De hecho, ahora la prensa habla de una nueva generación, los “millenials”, sin saber muy bien a qué se refieren y si, al menos, cronológicamente hablando, pertenezco a ella. Claro que también hace unos años se hablaba de la Generación X y tampoco supe nunca si me podía incluir o no. Entonces era demasiado joven para ser Generación X y ahora soy demasiado viejo para ser un millenial, hay que joderse. Aunque sospecho que esto de los millenials no deja de ser una creación surgida de un despacho de marketing para enfocar correctamente las ventas a un determinado sector, aunque, diablos, se supone que existe ese sector.

En fin, tú, tal vez, no habrás pensado en asuntos como lo que te queda de vida, pero Michel Houellebecq sí lo ha hecho, y te lo plasma en una novela, para joderte un poco la existencia. El gabacho suele ser de esos que te ponen el dedo en la llaga y si lo tienen a mano, te echan vinagre en ella. “La Posibilidad de una Isla” es la quinta novela de Houellebecq que leo y como todas, me ha gustado mucho. La vida y su final, o no, las relaciones humanas y lo que nos condicionan para la vida, lo jodidamente solos que estamos. Sobre esto gravita una historia que no sabría considerar si es lo de menos. Siempre sombrío, no es la clase de lectura que te lleva al optimismo y la diversión. Pero eso depende de cada uno, claro. Lo que más me gusta de los libros que escribe Houellebecq es el poso que deja cuando uno ha cerrado sus tapas.

ojo ahí... (by @carloskarmolina)

ojo ahí… (by @carloskarmolina)

No soy el único, Iggy Pop, que en los últimos años lleva un afrancesamiento ciertamente curioso, también se sintió tan influenciado por la lectura de “La Posibilidad de una Isla”, que grabó una suerte de disco semiconceptual en donde retomaba caminos que había trazado tiempo atrás con su LP “Avenue B” y que había abandonado para emprender de nuevo su andadura con The Stooges. Interesante conexión, la de monsieur Pop con Michel Houellebecq. Y leyendo sus páginas, no me deja de parecer razonable que en algún aspecto Iggy Pop se pueda identificar con el protagonista de “La Posibilidad de una Isla”.

Canciones:

Iggy Pop: “King Of The Dogs”

Gary Moore: “Nuclear Attack”

Zaz: “Les Passants”

03
Jul
15

Comin’ back

Hoy vuelvo a casa, por fin. Vuelvo, aunque la llegada se producirá no en un “hoy” sino en un “mañana”. ¿Y sabéis lo que no voy a echar de menos? La moqueta. La puta moqueta que me rodea, en hoteles, en aeropuertos, en las oficinas. Lo he dicho varias veces y me reafirmo, la globalización está en esos lugares, asépticos y donde resulta tan fácil perder la noción del tiempo y del espacio. ¿Dónde estoy hoy? ¿Qué día es? Esa sensación extraña de hablar con una persona que acaba de trabajar cuando tú te acabas de despertar, y con otra que se va a dormir cuando uno ni siquiera se ha sacado las legañas. Que viva el whatsapp, a pesar de todo.

Y al final, una vez más, aeropuerto de Los Angeles, LAX. Que sí, que hay muchos sitios peores en el mundo, verdaderos agujeros en la tierra. SI no digo lo contrario, de hecho, me encanta Los Angeles. Digan lo que digan, esa ciudad desprende una aureola como pocas otras.

Los Angeles (by @carloskarmolina)

Los Angeles (by @carloskarmolina)

Hoy he cumplido con lo que viene siendo para mí una (encantadora) rutina cuando viajo a San Diego, y es, previa llegada al aeropuerto LAX, sacar un rato libre para acercarme por el 6400 de Sunset Boulevard, donde se encuentra, y por muchos años que así sea, Amoeba Records. Respiremos tranquilos, sigue en pie y parece que con buena salud, y lo que es más importante, repleta de discos, no como muchas otras tiendas en las que la memorabilia, camisetas y chorraditas varias han ido ocupando ese espacio sagrado que tenían que ocupar los discos. Aquí no es así, como cantaban los Caifanes.

Me ha ocurrido una cosa curiosa. He ido a aparcar en el parking de siempre, sobretodo desde que una vez aparqué en la calle, se me pasó el la hora del parquímetro (nada, diez minutos, no más) y el Ayuntamiento de Los Ángeles me puso tal multa que seguramente la remodelación del paseo de la fama la he pagado yo. En fin, que entro al parking y me encuentro la barrera de entrada abierta. Al salir del aparcamiento, me doy cuenta de que no he tomado ticket alguno, y me deja mal cuerpo. Pero no tengo mucho tiempo, de modo que me dirijo a Amoeba. Hechas las compras pertinentes, voy a coger mi coche, y al pasar por la garita, me la encuentro totalmente cerrada, y c on un cartel: “gate is open”. De modo que he decidido salir, no sin antes revisar si había alguna cámara o sistema de captación de matrícula, o similar. No lo he visto, así que he hecho un sinpa de toda la vida. Si acabo recibiendo una denuncia del parking en cuestión, ya os cuento.

Canciones:

Guns n’ Roses: “One In a million”
Barbra Streisand: “Guilty (one in a million)”
The Ventures: “Perfidia”

29
Jun
15

Surfdog

El problema de la realidad es que no mola nada. La ficción, eso es lo bonito. Las historias, las habladurías, los recuerdos edulcorados, los sueños, las imaginaciones, las versiones pasadas por el prisma del tiempo, los chismorreos y los “creo que”… todo ello es siempre mejor que la realidad, que suele ser siempre decepcionante. Una noche de fiesta es siempre mejor cuando se recuerda al cabo de unos meses, y ya no digamos cuando se explica, con unas cuantas cervezas sobre la mesa. Como el sexo. Por poner un ejemplo idiota.

Cuando uno visita los sitios tiene que recordar siempre que un lugar no es sólo una localización geográfica, sino una conjunción de factores, a menudo más relacionados con lo que se cuece en nuestra cabeza, corazón, alma, tripas o entrepierna. Como decía el otro día referente a mi visita a Sky Valley, “el desierto es un estado mental”. De verdad que no recuerdo de quién es esa frase, lo mismo no es de nadie más que mía, y me está ocurriendo como a Paul McCartney cuando compuso “Yesterday” (Al parecer, Macca despertó un día con unos acordes en la cabeza y se puso a tocar la celebérrima melodía, pero, pensando que tal vez era una melodía de alguien, y que simplemente la había recordado sin ser capaz de situarla, anduvo preguntando a la gente de su entorno musical si la conocían o les sonaba de algo. No quería escribir todavía su letra hasta no tener la seguridad de que no le había traicionado el subconsciente). En fin, el desierto es un estado mental, frase que, si es original mía, cedo a la humanidad. Y casi podría decir que cualquier lugar es un estado mental.

Surfdog bar en Encinitas (by @carloskarmolina)

Surfdog bar en Encinitas (by @carloskarmolina)

El otro día volví a Encinitas, un pueblo costero al que acudí hace unos años, no muy lejos de San Diego, y que me había encantado. Había pasado una tarde de playa estupenda y guardaba un gran recuerdo de ella. Sin embargo, cuando volví el domingo pasado a ese lugar, me llevé una decepción. En pueblo, seguramente, no habría cambiado tanto, sino yo. No eres tú, soy yo. Y mis circunstancias.

Aunque para no cerrar de modo negativo, diré que por casualidad me metí en un bar de aires surferos, y una vez superada la decepción de que no servían cerveza, y que tenía que conformarme con un puto smoothie, advertí que se trataba de un local que pertenece a la disquera Surfdog, discográfica independiente pero que publica (y por ello la conozco yo), entre otros, los discos de Brian Setzer y lo último que se publicó de los Stray Cats, un directo que recogía su gira de reunión. Así que en el fondo, no estuvo tan mal. Alzo mi vaso de Dr. Pepper en vuestro honor.

Canciones:

The Heartists: “Belo Horizonti”

The Walker Brothers: “The Sun Ain’t Gonna Shine anymore”

Refused: “New Noise”

25
Jun
15

Sky Valley

Escribo estas líneas, una vez más, desde un hotel de San Diego, California. Dicho así puede parecer muy molón, cuando en realidad tiene menos glamour del que pudiera llevar a pensar. Los viajes por trabajo suelen ser bastante anodinos. Pero de eso ya he hablado en muchas, demasiadas ocasiones. Así que también tiene su parte buena, y en ella me quiero centrar. Son ya un buen puñado de años, con la broma, yendo de un lado para otro. Y al final, como una persona querida, que anduvo viajando en su época, me dijo, el trabajo se olvida, las penurias se pasan y el dinero se acaba gastando. Lo único que permanece son esos recuerdos, esas experiencias vividas, las que uno se lleva en la mochila.

Joshua Tree rearviewmirror (by @carloskarmolina)

Joshua Tree rearviewmirror (by @carloskarmolina)

Esa afirmación, por perogrullada que parezca, me hizo, en una etapa complicada, ver las cosas de otro modo. Y llegados a este punto, sí, puedo afirmar que tengo algunas de esas, en la mochila. Ver cómo se abren y cierran las esclusas del Canal de Panamá. Hacer surf en Manly Beach, Sydney. Entrar en la mezquita azul de Estambul durante la oración vespertina. Tomar un café en un bar de suburbio de Argel, con los parroquianos. Visitar el muro de las lamentaciones en Jerusalén. Comer arroz con camello en el suelo de un restaurante rústico de Riad. Ver la final de la Eurocopa de fútbol en el bar de un hotel en Doha. Ponerme fino a pintas de Guiness en el pub favorito de Phil Lynott en Dublín. Visitar un local de samba genuino para paulistas en Sao Paulo. Comprar discos en Amoeba Records en Los Angeles. Ir a trabajar en tranvía en Melbourne. Subir al edificio más alto de Taipei. Pasear por la muralla china. Comer ballena en un restaurante de Oslo. Vivir los días de la muerte de Hugo Chávez en Caracas. Ver la final de copa de Colombia en un bar de Bogotá mezclado con hinchas de Millonarios. Pasear por las calles del distrito de St. Pauli en Hamburgo. Beber chupitos de pálinka en Debrecen, Hungría. Y me dejo bastantes cosas en el tintero. No está mal. Y sobretodo no está mal ahora que precisamente estoy en una de esas noches en las que uno sólo piensa en volver y se siente solo y miserable. Ayuda.

Carretera del desierto (by @carloskarmolina)

Carretera del desierto (by @carloskarmolina)

Y sin embargo, de una de esas experiencias en concreto quería hablaros. La viví ahora hará un año, en mi anterior viaje a USA, cuando este blog todavía lo tenía en barbecho. Más vale tarde que nunca, dicen. El año pasado, aprovechando un fin de semana libre que tenía, agarré el coche y me dirigí a Palm Desert, con la intención de visitar el Joshua Tree Park y Sky Valley. De San Diego a Palm Desert hay dos horas y media de camino, conduciendo. A medida que te acercas a la zona de Palm Desert, el paisaje cambia, se hace más agreste y poblado de molinos de viento para la generación de energía, lo cuál me lleva directamente a una escena de la película “Mi Amigo Mac”, una cosa horrorosa de 1988 que vi siendo un niño, en el cine Waldorf de Barcelona. Estoy por crear una asociación de damnificados por la visión en tierna edad infantil de semejante cinta. Supongo que hay muchas películas con escenas de molinos de viento. A mí me vino a la cabeza esa, qué le voy  a hacer.

La foto es bastante mala, pero indica 124ºF (by @carloskarmolina)

La foto es bastante mala, pero indica 124ºF (by @carloskarmolina)

No sólo el paisaje cambia, sino que la temperatura se eleva de modo que cuando ves que el termómetro del coche indica 110ºF adviertes que la cosa va en serio. Llegando como llegaba a medio día, no pude más que meterme en el hotelucho con el aire acondicionado a tope y esperar a la tarde.

De Joshua Tree ya se ha hablado mucho, lamentablemente más por el álbum de U2, un buen disco, sí, pero no me apasiona, que por la historia de Gram Parsons, y el secuestro e incineración de su cadáver en Joshua Tree. Es también una historia conocida, que a mí me llegó a través de Popular 1 y no negaré que resultó emocionante estar allí.

Joshua Tree (by @carloskarmolina)

Joshua Tree (by @carloskarmolina)

Más emocionante incluso me resulto encontrar Sky Valley. Yo descubrí a Kyuss a finales de los 90s, como otros muchos, cuando ya no estaban en activo, y cuando un amigo de la universidad me dejó sus discos, aluciné bastante.  Aunque he de reconocer que yo soy de los raritos que consideran “…And Circus Leaves Town” como su mejor disco, mi segundo en la lista sería “Welcome to Sky Valley”, y eso nos lleva a mi destino de aquella mañana de domingo. Estando en aquél lugar uno puede entender bastante de por qué la música de Kyuss era así. Y reconozco que uno de los momentos de aquél viaje fue topar con el cartel de Welcome To Sky Valley, en la carretera.

welcome to Sky Valley (by @carloskarmolina)

welcome to Sky Valley (by @carloskarmolina)

Pocos entendían por qué había decidido buscar Sky Valley el fin de semana, tampoco me preocupé en dar muchas explicaciones. Por si fuera poco, aquél 2014 se cumplían 20 añazos de la publicación del LP en cuestión. Y bien, ¿cómo es Sky Valley?¿Qué hay en Sky Valley? Pues yo os lo diré: nada. Una nada con un cierto punto inquietante. Una carretera larga y recta, con un par de caminos no asfaltados. Arena y la poca vegetación que osa sobrevivir en aquél ambiente. Un calor asfixiante. Un par de casas, destartaladas, pegadas a la carretera, y que uno se pregunta qué lleva a una persona a vivir allí, y cuál es su modo de vida.

Sky Valley (by @carloskarmolina)

Sky Valley (by @carloskarmolina)

Llegué al cartel y me paré en la carretera para verlo y tomar unas fotografías. Luego me metí por un camino no asfaltado que dejó los amortiguadores de mi coche de alquiler finos, finos. Y en realidad no hay mucho más. Bueno, sí. Aura. Ambiente. Tal vez, seguramente, todo está en la cabeza. Creo que uno de esos músicos de la corriente stoner decía que el desierto es un estado mental. O tal vez me lo acabo de inventar, no sé. El caso es que estuve allí, y me alegro de ello.

Canciones:

Kyuss: “Gardenia”

The Rolling Stones: “Emotional Rescue”

The Killers: “Spaceman”

04
Feb
14

sao paulo, día 2

Hoy es lunes y esto es Alphaville, Sao Paulo. Hotel, dulce hotel. Circunstancias de la vida en la carretera hacen que hoy me haya instalado en un hotel diferente al de anoche, y que volverá a cambiar la noche del miércoles. Pero es una buena habitación, tipo apartamento, con una cocina, un saloncito, baño y una habitación con dos ridículas camas separadas por una mesita, que inevitablemente me lleva a la habitación que compartieron mis abuelos. De todas formas, no espero compañía, así que da igual.

Hace mucho calor, pero no quiero poner el deficiente aire acondicionado, porque ando cascado de la garganta, y mañana tengo bolo importante, que no quisiera hacer como si estuviera imitando a Don Vito Corleone. O a Epi. Así que aguantaremos este calor que, no os voy a engañar, me encanta. La sensación de llegar a la habitación y quitarme la ropa y pasear en calzoncillos, me ha recordado lo mucho que echo de menos el verano en casa. En alguna casa.

Y como la noche de ayer fue fatal, y estoy muerto de sueño, ni siquiera he salido. Me he permitido ese lujo de dioses que es estarme un buen rato leyendo en la cama (“La Canción de Amor de Jonny Valentine”), y luego pedir algo de comida en la habitación. Una especie de estofado de ternera, con salsa Madeira, le llaman, y unos tacos de queso provolone rebozados, que no me han gustado mucho, y que hecho eso tan odioso de pedir un plato y dejarme más de la mitad. Zumo de limón para beber, que esto es Brasil y los zumos de frutas valen la pena. No es que sea la comida más sana del mundo, pero dadas las circunstancias, por hoy, pase. Mientras cenaba, acababa de ver “El Hombre Que Mató A Liberty Valance”, y no, por favor, puristas del cine, no me den la tabarra sobre eso tan feo de ver obras de arte del celuloide en dos partes. El avión ayer tenía que aterrizar, qué le voy a hacer. No quisieron esperar a que James Stewart supiera la verdad.

Andaba escuchando algo de Daft Punk, ahora que tan rematadamente famosos se han vuelto, y se le quedan a uno las ganas de decir “yo ya los conocía antes”, pero en realidad, qué más dará. Su “Get Lucky” me parece un hit fantástico, pero es que estos gabachos ya habían demostrado su capacidad para componer canciones de esas que te hacen replantearte tu condición de rockero a la antigua usanza. Que en el fondo, no soy. Aunque la canción que me ha hecho esbozar una sonrisa ha sido su “One More Time”, que me transporta a tiempos muy divertidos. Y no me he puesto en plan melancólico. Simplemente he recordado, he sonreído, y luego he seguido a lo mío, como quien se fuma un cigarrillo y tal como se acaba, lo arroja al suelo con cierto desprecio y lo aplasta con la punta del pie.

Canciones:

Daft Punk: “One More Time”

Kaiser Chiefs: “Ruby”

Billy Idol: “Hot In The City”




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