Archive for the 'amistad' Category

27
Mar
17

Reggae, reggae. Epílogo.

Hace ya unos años que contaba esta historia por aquí. No, no se crean que me he vuelto gagá o que estoy tratando de calzar otro refrito como en mi última entrada, así, como quien no quiere la cosa. No. En realidad, se trata de un epílogo, una vuelta de tuerca cachonda que me ocurrió ayer. De modo que déjenme explicar el asunto desde el principio: A los once años me aficioné al reggae. Dicho así, suena como si hubiera confesado una adicción a fumar crack o a practicar sexo con animales. Así es, sin embargo. A los once años me aficioné al reggae. Ni que fuese durante unas semanas. Y eso que entonces a mí me gustaba escuchar a Guns n’ Roses, pero todavía estaba, digámoslo así, definiendo mis gustos. De modo que podía haber acabado mucho peor.

Tenía yo, pues, once años, y unas ganas de estar constantemente en la calle con mis amigos zascandileando. Es esa una edad complicada, uno ya no sale “a jugar”, aunque la mayoría de las veces acabe haciéndolo. Uno sale a reunirse con una manada que considera importante. A sociabilizarse con el grupo. A hablar con sus amigos para no sentirse solo. Qué se yo. El caso es que por aquel entonces me juntaba con otros niños diferentes a mi grupito habitual, lo cual, tratándose de mí, era toda una rareza. Una cuestión de necesidad, en realidad. Todo aquello ocurrió en uno de esos veranos en la ciudad, de asfalto pegajoso y sol insolente. En el barrio quedábamos lo que quedábamos, éramos tres o cuatro chavales de once años, todos de mi clase. Luego había un vecino de uno de nosotros, Carlos, debía tener unos catorce años. Esta diferencia de edad, esos dos años, cuando se tienen once, resulta francamente significativa. Carlos, por otra parte, parecía disfrutar un poco de ese cierto liderazgo y casi diría que condición de hermano mayor que su edad le proporcionaba.

Carlos estaba obsesionado con el reggae en general, y con, obviamente, Bob Marley en particular. A su vez, recibía esa influencia jamaicana en lo musical de un amigo suyo, algo mayor que él, tendría unos dieciséis, y que a veces se dejaba caer con nosotros. Dieciséis años eran, claro, una edad más que respetable para mí y mis cuatro camaradas. El chico en cuestión tenía un nombre muy característico, Washington, su madre era sudamericana, si bien él era de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules. Carlos solía llamarle Washi, y nosotros, sencillamente, no le llamábamos. Apenas interactuaba con nosotros, pululaba por ahí, con un cigarrillo en los labios, hablaba poco y menos con los críos. Recuerdo una chica del barrio que refiriéndose a él, y olvidando su nombre, o haciendo ver que no lo recordaba, le llamó Honolulu. Desde luego, ésa era la clase de broma que nunca hubiéramos hecho sobre Washington y su peculiar nombre, ni a sus espaldas, ni muchísimo menos frente a él.

reggae.PNG

Con esta clase de portadas inconfundible sólo podía tratarse de un recopilatorio de Arcade (by @carloskarmolina)

Washington era, o pretendía ser, una suerte de skinhead, de los skinheads antes que ese término se hiciera propiedad de gorilas de barrio pseudofascistas y racistas aficionados. Él era de los que flipaban con la música jamaicana y el ska. Lo recuerdo como si fuera hoy, con sus gafas de pasta marrón, el pelo muy corto con el rictus muy serio y fumando, siempre fumando. Tenía un cierto parecido físico con Ali Campbell, el cantante del grupo británico de reggae pop UB40. Fue Washington el que introducía, poco a poco, a Carlos en las sonoridades reggae, y éste, de paso, nos iba instruyendo a nosotros, su pequeña cuadrilla cadete.

Así fue como acabó en mis manos un casette recopilatorio, titulada en un alarde de originalidad como “Reggae, Reggae”. Esa cinta pasó por todos nosotros, y por supuesto, me la grabé. Bueno, visto hoy en día, parece que hable del paleolítico, y sin embargo, qué manera más buena de escuchar música. La recopilación en cuestión resultaba ser un batiburrillo de temas que pasaban desde el reggae más asquerosamente típico hasta ese reggae-pop de radiofórmula. Escuché esa cinta cientos de veces, probablemente superé la dosis recomendada. Al final, y sin ninguna razón en particular, después de varias semanas, tal vez meses, de ser uña y carne, de ser manada, de ser una banda, Carlos y su Brat Pack nos separamos, Washington desapareció, y el reggae salió de mi vida, aunque aquella cinta, con su nombre escrito en rotulador de colores y sus títulos manuscritos en la etiqueta, estuvo durante muchos años por mi habitación.

Y ahora es cuando viene la coda. Ayer sábado acudí a una Fira Del Disc (y como homenaje al malogrado Jordi Tardà, sólo puedo utilizar el término en catalán que él usaba), a rebuscar entre cubetas llenas de polvo a la caza de discos de vinilo, actividad de la que disfruto como un cochino en una charca de barro. Algún día debería detenerme y hablar de esos acontecimientos, y del curioso personal que los puebla, y sin embargo, les comentaré que fue nada más entrar. Esa feria se compone de dos tipos de paradas, las que ofrecen material extraño, interesante o ediciones buenas y paradas dignas de cualquier trapero, en la que discos a precios ridículos (entre uno y cinco euros) se amontonan. Ahí es donde, con una buena dosis de paciencia, agilidad para remover cientos de discos, la alergia al polvo bajo control y un poquito de suerte, puede encontrar uno pequeñas joyas, las más satisfactorias. Pagar 25€ por un LP re-editado de Pearl Jam es como ser el jeque dueño del PSG y llegar a la temporada de fichajes de verano con la chequera bien cargada. Lo que mola es toparse con el disco de debut de The Cruzados en perfecto estado a 4€ (oui, c’est moi).

En una de esas paradas estaba, frente a mis narices, una copia en doble LP de “Reggae, Reggae”, con esa portada infame, que ni recordaba, claro (yo tiraba de mi TDK de 60), editado por esa discográfica que durante los 90s publicaba constantemente recopilatorios de género, la mítica Arcade. Dudé de si era el disco que yo tuve, pues la lista de temas no la recordaba con nombres concretos. Dudé también por el precio, un poco alto para ser un disco cutre. Afortunadamente, acabé por comprarlo. Y en cuanto lo pinché en casa, y sonó el primer tema (“Treat The Youths Right”, de Jimmy Cliff) supe automáticamente que efectivamente, ese “Reggae, Reggae” era el “Reggae, Reggae” que yo tuve veinticinco años atrás. Va por ti, Washington.

Canciones:

Jimmy Cliff: “Treat The Youths Right”

The Cure: “The 13th

The Cruzados: “Motorcycle Girl”

02
Nov
13

De cena en el Poble Sec

Fui el otro día a cenar con unos amigos. Una de esas ocasiones cada vez menos frecuentes, que acaban con unos tópicos “tenemos que repetirlo”, “a ver si no pasa tanto tiempo para la próxima vez” y “¿por qué no quedamos el finde que viene para ****?”. La amistad y otras formas de autoengaño. Los grupos decepcionan, queridos lectores. Contad con las personas, pero no con los colectivos. No esperéis a ver si fulano o mengana se pueden venir. No, fulano o mengana nunca pueden venir. De hecho, probablemente no quieran venir. Es un consejito que os doy, gratis. El resto, serán de pago. Avisados quedáis.

La propuesta era ir a un bar de pinchos de la calle Blesa, en pleno Poble Sec de Barcelona. Creo que era Blesa. De todas formas, poco importa. Al final, ese local estaba demasiado lleno, y probablemente un bar de pinchos para cenar de pie no era el lugar más adecuado para compartir una cena con un grupo con el que hace mucho que no te ves y seguramente un restaurante para sentarse y departir largo y tendido frente a una mesa resultaba mejor opción. Lástima que el palo indecente que nos pegaron en el que resultó ser el Plan B, un local del Paral·lel que no parecía, al principio, amenazar con esa cuenta tremenda. Por lo menos cenamos bien y aguantaron bien el hecho que diéramos voces y riéramos, y nos convirtiéramos en la típica mesa escandalosa de todo lugar que se precie.

En realidad, hacía años que no alternaba por esa zona. Las veces que había ido a Apolo, por ejemplo, venía de otro lugar y entrábamos directos. Mis recuerdos del Poble Sec vienen, principalmente, de mi época del instituto, en pleno corazón del barrio. Entonces me parecía un barrio de abuelas, gris, con pisos antiguos, como de postguerra, con esas calles en cuesta, y esas aceras tan estrechas que todos nos movíamos por la calzada. Con esos tipos que paseaban perros, por la calzada, claro, y esos perros que se cagaban, en la calzada, y sus dueños dejaban la mierda como regalo al barrio y ésta acababa aplastada por las ruedas de un coche, y restregada por la cuesta. Las gaviotas que se acercaban desde un puerto que en realidad no quedaba tan lejos, por lo menos no para ellas, que sólo tenían que sobrevolar la montaña de Montjuïch y al otro lado llegaban a las calles del Poble Sec. Una vez allí, atacaban a las palomas locales, como el depredador más cruel. Tonterías como esa son mis recuerdos del barrio.

Por encima del Paral·lel, por debajo de Montjuïch.

Por encima del Paral·lel, por debajo de Montjuïch.

Ya lo tenía entendido, pero está claro que el barrio ha cambiado bastante, con las calles que se han hecho peatonales y con la apertura de bares y cafeterías para un jipsterío pseudo hippy barcelonés que parece considerar esas calles como un proyecto del barrio de Gràcia. Mira que han pasado años de mi etapa de instituto y todavía me choca ver esta transformación.

Hace bastante fui, o debería decir “me llevaron”, dos o tres veces, a un local que estaba en lo alto del barrio, yo diría que en Poeta Cabanyes, aunque no estoy muy seguro. Se llamaba algo así como Club Mau Mau, que suena a puticlub o a grupo subversivo negro de novela de James Ellroy. Era una suerte de café alternativo en donde se hacían bastantes actividades culturales, y contaba con una serie de sofás repartidos. Recuerdo mucha oscuridad, calor, y los sofás, mientras un DJ iba pinchando. Claro, reconoceré que el mayor interés de las personas con las que fui a ese lugar residía más en la permisividad del club para el fumeteo de mandanga. Pero tenía su aquél, porque estaba en un lugar silencioso y  oscuro, en un local que podría haber albergado una carpintería o un taller mecánico. Había que hacerse un carnet de socio, que entonces costaba una miseria como 5€ o algo así, y solo entonces podías acceder. De modo que llegabas a esa zona del barrio donde todas las abuelas dormían, entrabas en ese local del que nada se veía desde fuera, enseñabas tu carnet, como si fuera un club de caballeros o un local clandestino de Chicago en 1928, y ya tenías acceso libre. La memoria ya no me da para más.

Mi noche acabó de una manera bastante más prosaica, tomando unas sencillas cañas con el único amigo que decidió quedarse más tarde de la hora en que las carrozas se convierten en calabazas, en el mismo bar que unas horas antes habíamos descartado para la pitanza, por estar lleno, y que pasada la vorágine de cenas se volvía a convertir en terreno practicable.

Canciones:

Yeah Yeah Yeahs: “Zero”

Pearl Jam: “Go”

Foxy Shazam: “Welcome to the church of Rock n’ Roll”




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