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17
Nov
15

Que sea el último, Manolo…

Ahora casi ya no lo recordamos, pero algunos todavía tenemos en la memoria esa época infausta en la que, de repente, todo el mundo se convirtió en fan de los dichosos El Último de la Fila. Fue hace ya muchos años, a mediados de los 90s, cuando publicaron el celebérrimo disco “Astronomía Razonable” y por arte de birlibirloque, lo petaron, hablando mal y pronto. Como suele ocurrir en estos casos, el problema no estaba tanto en el LP en cuestión, que en realidad puedo decir que no estaba mal, sino en ese grueso de fans pesadísimos que de repente se apresuraron a conseguir todo lo grabado por sus nuevos ídolos, sean discos previos o incluso de proyectos anteriores a El Último de la Fila, a saber, Los Burros y Los Rápidos. ¿Que cómo sé yo de esos proyectos? Pues amigos, muy sencillo, yo también sufrí a mi alrededor la presencia de fans pesados gravitando en mis círculos de amistades y familia. Yo era sólo un niño. Y la ONU no hizo nada al respecto.

Es más, yo tuve mi etapa de interesarme por aquella música y aquél disco, y sí, recuerdo una vieja TDK que escuché con cierta frecuencia durante una época. Tal vez fuera una necesidad de integración, puede que quisiera saber qué era aquello tan bueno que me estaba perdiendo, quizás simplemente me gustó. No recuerdo que me durara mucho más allá del verano de 1993, mi interés por El Último de la Fila. En realidad supongo que quería congraciarme con un amigo que era fan fatal.

Hay que decir que el grupo no estiró el chicle para ganar dinero a espuertas, lo cual les honra: en 1995, dos años después de tener ese éxito que ni ellos se creyeron, publicaron un esperadísimo disco de continuación, que acabó no convenciendo a nadie, y, sencillamente, decidieron dejarlo. Aquello dejó huérfana a esa legión de fans que los había idolatrado cual becerro de oro del pop patrio. Recuerdo claramente a mi amigo tratando de asumir el primer disco en solitario, y tras la ruptura, de Quimi Portet, una suerte de empanada más cercana a los discos de Jaume Sisa que al dichoso burro amarrado en la puerta del baile.

nelson

Fan emocionado por ver a Manolo sobre el escenario (by @carloskarmolina)

Por suerte para él, el otro componente, Manolo García, también emprendió una carrera en solitario. Y este sí supo lanzar sus redes para recoger a esa pléyade de fans de su antiguo grupo, grabando un LP que sonaba a descartes chungos de El Último de la Fila. ¿Que cómo lo sé? Bueno, entonces yo todavía era amigo de aquél muchacho fan, que sí, celebró la vuelta del hijo pródigo. Pero para las personas de bien como el juntaletras que suscribe, aquello fue un infierno. No sólo había que aguantar a los fans, sino también la permanente presencia de esas canciones de mierda en bares, pubs y cualquier otro lugar de mi ecosistema juvenil. Además… ¿Manolo García? ¿Qué clase de cantante de pop se puede labrar una carrera llamándose “Manolo García” como si fuera el estanquero del barrio?

Por fortuna, la carrera en solitario del tal García se volvió un poco como una gaeosa agitada, y pasada la efervescencia inicial, su estrella se fue apagando, y le honra que, una vez más, tampoco explotara al límite ese éxito inicial, para ir pasando, poco a poco, a un segundo plano, y quedar sepultado entre triunfitos, hits de electro latino y la crisis de la industria discográfica. Y ya no tuve que aguantar a más fans histéricos.

Y con la perspectiva que da el tiempo, me puedo permitir ver todo aquello como un engorro temporal. Y si sí, continúo odiando a muerte esas canciones del dichoso Manolo García, pero puedo apreciar algunas cosas interesantes por aquí y por allá en El Último de la Fila. Especialmente en esos títulos tan ingeniosos y descacharrantes como “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”, “Enemigos de lo ajeno” o “La rebelión de los hombres rana”. Incluso me hace gracia esa mezcla de costumbrismo y surrealismo que tiene la letra de “Como un Burro Amarrado en la Puerta del Baile”. Será que me estoy haciendo mayor. Será.

Canciones:

The Byrds: “My Back Pages”

Ryan Adams: “New York, New York”

The Jim Jones Revue: “The Princess & The Frog”

12
Nov
15

Big Time

“Big Time: La gran vida de Perico Vidal”. Desde luego el título no podía estar mejor escogido. No negaré que disfruto de libros que, en realidad, me deja mal cuerpo, porque desprenden un nihilismo y una visión negativista, tal vez realista, pero en definitiva, capaces de hundir en la miseria al más pintado. ¿Alguien dijo Huellebecq? Del mismo modo, sin embargo, ciertos libros me resultan un chute de lo que en un anuncio de Coca-Cola llamarían “ganas de vivir”. De hacer cosas, de experimentar, de disfrutar, de buscar el placer, de divertirse. La autobiografía de Errol Flynn podría ser uno de ellos, lectura que recomiendo a cualquiera. Y en este caso, sin caer en la sorna y el sentido del humor de Mr. Flynn (y de sus mentirijillas a la hora de explicar su supuesta vida), en ese mismo conjunto incluiría este “Big Time”.

El proyecto en realidad no nació como un libro, sino que se fue publicando por capítulos en el blog que Marcos Ordóñez tiene en El País. Allí fue donde yo, de un modo casual, lo descubrí, y lo fui siguiendo, fielmente, a cada entrega. Por suerte al final Marcos Ordóñez se ha decidido a publicarlo en el formato que le corresponde, el del libro. Y es que, en el fondo, soy una abuela, y me encantan los libros en papel. Leo mucho en tablet o móvil, periódicos, publicaciones, webs, blogs… y sin embargo, para novelas, me gusta tocar papel.

Y ahora la gran pregunta: ¿Quién era Perico Vidal? ¿Por qué una biografía suya? Pedro, o Perico Vidal fue un asistente de cámara y ayudante que colaboró, principalmente, en las grandes producciones que se rodaron en España entre los 60s y los 70s. Vidal supo ganarse la confianza y la amistad de tipos como David Lean, Orson Welles, Nicholas Ray o el gran Frank Sinatra. Se logró meter en el mundo del cine y destacar, y en una España tan triste como la de la época, supo hacerse un nombre.

Otros tiempos, probablemente, con más clase... (by @carloskarmolina)

Otros tiempos, probablemente, con más clase… (by @carloskarmolina)

Y todo aquello le llevó a vivir una vida de amor al cine pero también a la música (jazz, principalmente), de muchos viajes y también de muchas fiestas, siempre bien rodeado de esos mitos que los mortales sólo vemos en una pantalla. Así, el mismísimo Frank Sinatra, quien hizo buenas migas con Perico Vidal, se lo llevó a Los Angeles y Las Vegas en su época de reinado, por poner un ejemplo de experiencia que vale por años de gris vida de otras muchas personas.

Tras recoger mucho material a base de grabar entrevistas con Vidal, ya en el ocaso de su vida, pues murió en 2010, Marcos Ordóñez comenzó a recopilar y escribir sobre aquello para acabar publicando este libro, que a su vez, se complementa con una parte fina narrada por la hija de Vidal, Alana. Y si bien la parte de Alana pierde un poco el interés, ayuda a complementar un contexto.

Big Time. Yo soy muy fan del inglés como lengua y del uso de anglicismos, soy así de vulgar, y desde luego no se me ocurre mejor definición para esa vida. Admiro mucho a las personas que se esfuerzan en vivir la vida que quieren, la libertad, con los riesgos que conlleva. Y resulta la clase de lectura que te lleva a querer aprovechar nuestro tiempo en este mundo, y te deja con una sonrisa en la boca.

Canciones:

Siouxee and the Banshees: “The Passenger”

Lenny Kravitz: “Come on get it”

Placebo: “Without you I’m nothing”

10
Nov
15

Scorched Earth

Acabo de tener un dejà vu de los buenos. Acabo de descargarme un emulador del videojuego Scorched Earth. Dicho así, no parece gran cosa, lo sé. Se trata de un videojuego al que jugaba yo en 1991 o 1992. Ayer por la tarde, vamos. Por aquél entonces yo no tenía ordenador, y jugaba en casa de un amigo. La envidia me corroía, no lo negaré. Yo TAMBIÉN quería un ordenador, aunque no supiera bien para qué servía. Se trataba de un PC de verdad, no de esas chapucillas de Amstrad o Spectrum que cargaban juegos en cinta de cassette y que tardaban lo que me parecía una eternidad en estar operativos. Y no, tampoco tuve nunca uno de esos ordenadores para videojuegos, y si jugaba con ellos, era en casa de mis primos, y demás. Ya lo veis, mi infancia fue triste y gris. Todo un Oliver Twist del siglo XX, vamos.

En fin, recuerdo pasarme muchas tardes de sábado en casa de ese chaval, y jugar con su PC era un gran aliciente. Así, a bote pronto, recuerdo juegos como Operation Wolf o Gauntlet. Pero mi preferido era Scorched Earth. Nombre que, dicho sea de paso, descubrí, y por casualidad, hace poco. Yo siempre había conocido ese videojuego como, simplemente, “Scorch”. Todavía no sé por qué. Mis únicas referencias con el nombre de Scorched Earth era el nombre de una banda noruega o sueca de stoner rock con influencias blues que sacaron un disco majete en su momento y que tenían un temazo: “Blues for the Universe”.

Scorched Earth, el juego, era una especie de juego a medio camino entre la estrategia y la acción, donde se dibujaba un perfil montañoso y cada uno tenía una serie de cañones dispuestos al azar en ese perfil. Se trataba, claro, de cañonear los objetivos contrarios, usando diferentes tipos de munición. Y bueno, si vemos la parte gráfica, parece que lo hubiera programado un chimpancé. Pero amigos, era 1991, y estaba programado en DOS. Y qué más daba, me dio muchas horas de felicidad, como en su momento también me dio el “Street Fighter II”, aunque esa era, claro, otra historia.

Hace mucho que nunca juego a videojuegos, simplemente, me dejaron de interesar. No por nada en particular, y no descarto que me dé por volver a jugar cualquier día de estos. Pero ahora tengo ese emulador de Scorched Earth y me da miedo. ¿Me gustará todavía? ¿O tal vez me parecerá una mierda? Y si así fuera, ¿significa eso que poco queda ya del niño que era en 1991? ¿Tiene eso alguna importancia?

Canciones:

The Lords Of the New Church: “Dance With Me”

Eagles Of Death Metal: “Anything ‘cept the truth”

The Wailers: “Stir It Up”

24
Oct
15

Todos Somos Extraterrestres

Cuando yo era pequeño, mis amigos, en vacaciones, se iban al pueblo. Así, durante los períodos vacacionales de más de 4 o 5 días, fuera navidad, semana santa o, sobretodo, en verano, desaparecían del barrio para ir a unos lugares estupendos, casi míticos, en los que se podían realizar actividades que en mi mente infantil me parecían maravillosas, a saber, zanganear con la cuadrilla hasta las tantas de la noche, vivir montado en una bicicleta, bañarse en un río, ver cómo se ordeñan cabras o pasear la estatua de la virgen en quince de agosto. Todo eso, claro, me resultaba lo máximo que un chaval podría desear, porque yo no tenía pueblo.

En su lugar, algunas veces (y nunca con esa frecuencia anual casi religiosa de mis camaradas de barrio), mis padres tenían el arrojo de llevarse a mis hermanas y a mí de viaje a León, lo más parecido a “mi pueblo” que pudiera tener. Y venga, esos ochocientos kilómetros infernales en coche. Por supuesto, no era un pueblo, aunque también es cierto que era lo más rural que yo había experimentado, no por la ciudad en sí, sino por algunos pueblos de alrededor que visitábamos. Pero no, el campo base estaba en la capital de provincia, con lo cual, no era ni chicha ni limonada. Debe hacer casi 20 años que no voy, pero no nos engañemos, no resultaba muy diferente que mi ciudad. Más pequeña, pero ciudad. Así que no había nada en común con esas vivencias rurales de mis amiguetes, más allá del palizón de carretera.

En León solíamos hospedarnos en el piso de una familiar de mi madre, una persona que recuerdo como entrañable, que acabó metiéndose a monja en un convento de clausura. Y para ti, mi lector descreído de mierda que no tiene ni idea de qué va eso, te diré que sí, es lo que parece. Un convento de clausura es como acceder a la edad media sin DeLorean ni hostias, donde unas monjas se encierran en un edificio del siglo XIV a no hacer nada, más que rezar, pasear por el claustro, y, ojo, tienen prohibida la salida del recinto de no ser por causa de fuerza mayor (visitas médicas, y demás). Antes de meterse a monja, esta mujer tenía una casa llena de libros, y es evidente que la religión estaba presente, pero desde luego su biblioteca había cosas interesantes. Tenía también tan sólo dos películas de vídeo, grabadas de la televisión, “Sonrisas y Lágrimas” y “Jesús de Nazaret”, la versión de Franco Zeffirelli. Obviamente, me tragué esas dos películas muchas veces, así que podría cantar las coplillas de la familia Von Trapp de memoria o recordar las escenas de ese clásico de viernes santo de los 80s y 90s.

Es por ello que me resultó una sorpresa dar, en esa casa tan devota, con un ejemplar de un libro titulado “Todos Somos Extraterrestres” de un tal Marius Alexander. El encuadernado era propio de una novelita de baja tirada, la portada pretenciosa y el contenido resultaba ser digno de una charla de bar de un Iker Jiménez con una par de sol y sombras de más. Así, el tal Marius Alexander desarrollaba una serie de teorías acerca del origen extraterrestre de la raza humana, considerando que lo que los cristianos asumen como la creación del hombre por parte de dios no era más que un experimento  de una raza superior de alienígenas que se entretuvieron sacándose de la chistera (voilà!) un ser nuevo en la Tierra.

Extraterrestres: están por todas partes (by @carloskarmolina)

Extraterrestres: están por todas partes (by @carloskarmolina)

Hablo de memoria acerca de un libro que hojearía con once años, y, seamos sinceros, apenas recuerdo lo que cené ayer,  que nadie espere datos pormenorizados. ¿Qué hacía ese panfleto con aires de teoría new age ochentera en casa de una mujer que acabaría metiéndose en un convento? ¿La duda, tal vez? ¿La curiosidad? En fin, como suele suceder en estos casos, no dejaba de ser una sucesión de ideas bien hilvanadas sobre una base francamente inconsistente. La idea de una raza humana creada por unos seres alienígenas es algo relativamente frecuente, que, por ejemplo, ya desarrollaban sectas como los elohimitas de los que hablaba Houellebecq en su novela “La Posibilidad de una Isla”. Y a partir de ahí, todo de teorías acerca de señales en biblias y otros libros sagrados de la noche de los tiempos, como el clásico del carro de fuego de Elías, y demás. Que en definitiva, hace dos o tres milenios, por lo visto, los extraterrestres se paseaban por el planeta como Pedro por su casa, y ahora, los jodíos se hacen los remolones. Y por ahí pasa la Atlántida, Egipto, o Jesús, un alien (como un Alf cualquiera) enviado a la Tierra. Y por si fuera poco, una teoría que en su momento me dejó francamente sorprendido, que los primeros humanos eran hermafroditas, es decir, tenían ambos sexos, como, y si me permitís la broma, la Veneno y Carmen de Mairena.

Tirando de Internet, veo que Marius Alexander es el pseudónimo de Màrius Lleget, un periodista y escritor de Granollers, pionero de la ufología en España, que publicó una treintena de libros entre 1955 y 1982. Marius Alexander suena mejor, suena a científico exiliado de la URSS por haber revelado secretos de lo que los cosmonautas vieron y nunca les dejaron explicar. Pero resulta que el tío era casi vecino mío.

Una vez más, me pregunto qué extraño resorte ha hecho saltar a este recuerdo a la superficie de mi memoria, esa memoria que me permite más fácilmente recordar aquello de “do, es trato de varón, re, selvático animal” o poder citar los años de publicación de los discos de Guns n’ Roses, pero no en qué piso del parking del centro comercial he aparcado mi coche. Como vemos, Marius Alexander no logró convencer a aquella lectora, que prefirió refugiarse en el catolicismo, en su vertiente más rancia. Pero no hace falta más que salir a la calle para darse cuenta de que sí, todos somos extraterrestres. O casi.

Canciones:

Guns n’ Roses: “Riad n’ the Bedouins”

Royal Headache: “High”

Phoenix: “1901”

20
Oct
15

La Posibilidad de una Isla

Escribo estas líneas en un avión que me lleva a Bogotá con una estúpida, inesperada y ciertamente irritante parada en Cali. He visto la película “J. Edgar” de Clint Eastwood, con ese Leonardo DiCaprio y ese maquillaje que me recuerda a los “Celebrities” de Muchachada Nui. Y sin embargo, no está mal, la cinta. Eastwood rueda con oficio y su duración infame de dos horas y cuarto pasa agradablemente. Pero es que a mí me gusta mucho el tema, cosas de consumir demasiada literatura de James Ellroy y demasiados “No Me Judas, Satanás” de César Martín en Popular 1. Dos fuentes con una particular conexión, lo reconozco.

Los viajes transoceánicos en avión me suelen dar pie a reflexiones que probablemente vienen filtradas por el cansancio, el agobio, el aburrimiento, esa extraña sensación de no saber qué hora es, la de verdad, la de tu cuerpo. Tengo 35 años y seguramente he cubierto al menos un tercio de mi vida. ¿Alguna vez os habéis pensado a parar en ello? Aunque soy joven, por lo menos así me considero, ya no soy lo que se calificaría de “un jovencito”. De hecho, ahora la prensa habla de una nueva generación, los “millenials”, sin saber muy bien a qué se refieren y si, al menos, cronológicamente hablando, pertenezco a ella. Claro que también hace unos años se hablaba de la Generación X y tampoco supe nunca si me podía incluir o no. Entonces era demasiado joven para ser Generación X y ahora soy demasiado viejo para ser un millenial, hay que joderse. Aunque sospecho que esto de los millenials no deja de ser una creación surgida de un despacho de marketing para enfocar correctamente las ventas a un determinado sector, aunque, diablos, se supone que existe ese sector.

En fin, tú, tal vez, no habrás pensado en asuntos como lo que te queda de vida, pero Michel Houellebecq sí lo ha hecho, y te lo plasma en una novela, para joderte un poco la existencia. El gabacho suele ser de esos que te ponen el dedo en la llaga y si lo tienen a mano, te echan vinagre en ella. “La Posibilidad de una Isla” es la quinta novela de Houellebecq que leo y como todas, me ha gustado mucho. La vida y su final, o no, las relaciones humanas y lo que nos condicionan para la vida, lo jodidamente solos que estamos. Sobre esto gravita una historia que no sabría considerar si es lo de menos. Siempre sombrío, no es la clase de lectura que te lleva al optimismo y la diversión. Pero eso depende de cada uno, claro. Lo que más me gusta de los libros que escribe Houellebecq es el poso que deja cuando uno ha cerrado sus tapas.

ojo ahí... (by @carloskarmolina)

ojo ahí… (by @carloskarmolina)

No soy el único, Iggy Pop, que en los últimos años lleva un afrancesamiento ciertamente curioso, también se sintió tan influenciado por la lectura de “La Posibilidad de una Isla”, que grabó una suerte de disco semiconceptual en donde retomaba caminos que había trazado tiempo atrás con su LP “Avenue B” y que había abandonado para emprender de nuevo su andadura con The Stooges. Interesante conexión, la de monsieur Pop con Michel Houellebecq. Y leyendo sus páginas, no me deja de parecer razonable que en algún aspecto Iggy Pop se pueda identificar con el protagonista de “La Posibilidad de una Isla”.

Canciones:

Iggy Pop: “King Of The Dogs”

Gary Moore: “Nuclear Attack”

Zaz: “Les Passants”

06
Oct
15

Trabajos de adolescente (1): El Barça

Ah, los trabajos de estudiante. Martingalas variadas en las que algunos estudiantes nos vimos más o menos obligados a meternos con el fin de poder conseguir unas perrillas que gastar en vicios variados, ni que fuera el sobrante después de pagar la matrícula de la universidad. Eso era, claro, cuando para poder pagarse una universidad pública no hacía falta vender un riñón en el mercado negro de órganos. Eran otros tiempos.

Si lo miro de este modo, tampoco me puedo quejar. Otros han tenido que acumular curreles miserables aún acabada su etapa estudiantil. Y sin embargo, permitidme que esquive el rollo panfletario de la precariedad laboral y la lucha de clases. Y permitidme que me centre en esos trabajillos que fui haciendo durante mi etapa como estudiante, desde que tuve 14 años hasta que tuve 22 y firmé mi primer contrato de 40 horas semanales, nóminas, y todas esas cosas.

Como quiera que no pretendo relatar mi trayectoria profesional adolescente de modo cronológico y exhaustivo, me permitiré ir dando saltos y centrarme en aquello que considere, que para algo éste es mi blog y escribo sobre lo que me sale de los cojones.

De modo que comenzaremos por la primera entrega de la que espero, sea una saga: El Barça

Sí, habéis leído bien, el menda estuvo trabajando para el Futbol Club Barcelona, entre las temporadas 95-96 y la 98-99. Lamentablemente, no formaba parte de La Masia, ni del staff técnico, ni siquiera era el chico que le encendía los puros a Joan Gaspart. No. Mi tarea era la de dependiente, por decirlo de algún modo, de los puestecillos de alquiler de almohadillas en la tribuna del Camp Nou. Para aclarar, en la tribuna del estadio, se ofrecía la posibilidad de alquilar una especie de cojinete de espuma para que los socios con dinero que pululaban por la tribuna pudieran posar sus nalgas sobre algo más mullido que el frío plástico del asiento. La burguesía barcelonesa se llevaba uno de estos cojinetes y luego los dejaban en el asiento para su posterior recogida. El doctor Barraquer, familias de jugadores, etc…

Así, mi trabajo era básicamente el siguiente: Entrar con dos horas de antelación al estadio, lucir una fantástica bata azul de operario, arrastrar las cajas de cojinetes a mi puesto y pasarles un trapito para quitarles el polvo. A medida que se acercaba la hora, los socios amb caler iban pasando y por unas 125 ptas, creo recordar, se llevaban los cojinetes. Una vez comenzado el partido, guardábamos en un cuartillo inmundo las cajas y los cojinetes restantes, si los había, y se nos pagaba, a razón de 25 ptas por cojinete. En un partido mediano podías sacarte unas 3000-4000 pelillas, lo que no estaba mal, si contamos que comencé con 14 años. El que tenía un business interesante era el responsable del tinglado, que, ese sí, se llevaba 100 ptas por conjinete, con lo que haciendo números rápidos, si yo me levantaba 4000 ptas, él se llevaba 16.000 ptas. Eso sólo por mi puesto, y éramos 7 u 8 puestos.

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma...

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma… (by @carloskarmolina)

Una vez recogido el dinero, podía buscarme cualquier asiento que hubiera libre en tribuna (y siempre habían) y ver el partido. Al final del encuentro, tenía que recoger los cojinetes de los asientos, lo que solía ser una tarea rapidita. Y listo.

El gran aliciente se suponía que era poder ver los partidos gratis. Y sí, reconozco que tenía su gracia. Pero no os engañaré, aunque me gusta el fútbol, una cosa es ir al campo cuando te apetece y otra es ir siempre, por obligación, sea sábado o domingo y tragarse todo el partido, por coñazo que sea, fuera bueno o malo, y sin verlo entre amigos, que no deja de formar parte del ritual. Será que ahora me gusta más el fútbol que antes, pero os aseguro que llegaba a tocarme bastante las narices, y más de una vez hubiera querido recoger el dinero y largarme sin ver el partido. A mí me tocó, además, las dos temporadas en las que a Antena 3 le dio por emitir un partido los lunes a las diez de la noche. El horror. Había mucho flipado entre el grupo de gente que allí trabajaba, pero yo, si iba, y si aguanté cuatro años, era por el dinero. Llegó un momento en el que el Barça me la traía al pairo.

Aquél fue mi primer trabajo, más o menos, en los que, siendo un crío, me rodeaba de tipos, bastante mayores que yo. Eran otros tiempos, y era otro Barça, un Barça muy casero, muy poco profesionalizado en lo que a servicios se refería. No se me olvidará jamás aquél cuartucho donde se guardaban los cojinetes, con un escritorio de los de flexo deprimente, y con el jefe,  un burgués venido a menos, aprendiz de empresario (que sus buenos duros manejaba, el mamón), Ducados perennemente colgado de los labios, fumando en el cuartucho, claro, aires de superioridad y gris, todo muy gris, contaba los cojinetes devueltos y te pagaba acorde a las “ventas” de aquella tarde.

Por si fuera poco, a aquél curro yo llegué como se hacían antes las cosas, supongo que también ahora, colocado por un amiguete de mi padre. El tipo tenía un yerno que también había colocado, y llevaba años en ese trabajo. Al cabo de varios partidos, hubo una reorganización, quién sabe por qué, y en lugar de ponerme un puesto para mí solo, me colocaron en el puesto de ese tipo, por lo que pasé a ser “su ayudante”. Y el muy hijo de puta, en lugar de repartir las ganancias al 50%, me daba lo que él consideraba. Si se hacían, qué sé yo, 6000 ptas, él se quedaba 4000 y me daba 2000. Y así estuve al menos dos años. Y ahora puede parecer una chiquillada, el prisma del paso del tiempo, que todo lo deforma. Pero os juro que aún hoy de buena gana le reventaría la cabeza con un bate de béisbol, como Robert De Niro hacía interpretando a Al Capone en “Los Intocables de Elliott Ness”.

En cuanto al fútbol, qué puedo decir. Me tragué una etapa muy triste en el club. Sólo hubo un destello de diversión, el año de Bobby Robson, con aquél mágico Ronaldo, el gordo, antes de estar gordo, cuando de sus botas salía pura magia, y como nunca más volvió a salir. Por lo demás, yo vi jugar a Prosinecki, a Korneiev , a Bogarde o a Zenden. Ojo ahí.

Y al final lo dejé, aburrido. Cansado de aguantar gilipolleces del jefe, del yerno y de su puta madre. Decidí que para cobrar unas perrillas, podía buscarme otras cosas. Y que el futbol, en la tele, se ve muy bien. Desde entonces, no he vuelto al Camp Nou.

Canciones:

Pink Floyd: “Learning to fly”

Phoenix: “1901”

Royal Blood: “Figure it out”

21
Sep
15

The Pupils

Hace unos días iba en el coche de un amigo. Habíamos quedado en el barrio para salir esa noche, y, cosas de la diáspora que el paso del tiempo provoca, ya nadie vive en el barrio. Aunque sigamos usando el término. Así, tres hombres, tres localidades distintas del extrarradio barcelonés, tres coches. Viva la sociedad occidental. Aparcamos dos de ellos y nos movimos con el tercero. Mi amigo llevaba sintonizada Rock FM en la radio, congratulándose de su existencia. No seré yo quien critique esa cadena, que mis buenos ratos me ha hecho pasar, aunque me pregunto si el mundo necesita una nueva emisión de “More than a feeling” de Boston o de “Under the bridge” de Red Hot Chili Peppers. El chico continuaba diciendo “es que no me gusta escuchar radio no musical. No me gusta escuchar a gente hablando”.

Bien, precisamente yo llevo unos meses enganchado a lo que él comentaba “gente hablando”, desde que descubrí las aplicaciones para podcast de mi móvil. Y descubrí que, tirando un poco de la red, puedes encontrar podcasts de todo tipo y pelaje.  Justo hace unos días descubrí que estaban colgados los podcasts del programa Bulevar, de José María Rey, que se emitía en Radio 3. Durante un tiempo estuve bastante enganchado, en la medida que el horario me lo permitía, a ese programa, siendo uno de los que más me gustaban de la parrilla de Radio 3. No estoy en la labor de criticar o no a RNE, a estas alturas me resulta bastante indiferente. Pero sí estoy disfrutando bastante con esos podcasts, que, por cierto, se anuncian como Sunset Bulevar y no sé si el nombre del programa era así, o bulevar a secas.

Sea como fuere, recuerdo con gran cariño los especiales que José María Rey dedicó a la psicodelia, tanto en USA como en Gran Bretaña. Y son, precisamente, estos programas lo que he encontrado colgados como podcast. Así que ahora mismo ando en un sueño psicodélico que ríete tú de Brian Wilson o de Sid Barrett.

Otros que querían ser pero no eran... (by @carloskarmolina)

Otros que querían ser pero no eran… ay, esos hoteles de UK y sus fantásticos shows de animación… (by @carloskarmolina)

Así, José María Rey explicaba, en uno de esos programas, una historia curiosa, la de un grupo llamado The Eyes, banda británica de entre 1964 y 1967, que no llegaron a grabar ningún LP, pero sí una serie de singles. Era la época de inicio de la psicodelia en el Reino Unido. Algo curioso de esta banda es que, en efecto, tienen una entrada correspondiente en Wikipedia, en la que su versión en inglés la despachan en una docena de líneas. Hay también dos versiones más de esa página, en italiano y en sueco. Pues bien, la entrada en italiano es muy extensa, curiosamente, mucho más que la inglesa. Es decir, parece claro que hay un fan de The Eyes por Italia.

Entre los singles que grabaron se encuentra el clasicazo “Good Day Sunshine”, de los Beatles, que se les fue ofrecida antes incluso de los de Liverpool la grabaran para su LP “Revolver” en 1966. Por lo visto, estos The Eyes se hicieron un pequeño nombre en la comunidad mod más arty de Londres. Se menciona el hecho de que solían aparecer en ambientes mod luciendo unas extravagantes parkas rosa. También grabaron un single, en apariencia a modo de original homenaje a The Who titulado “My degeneration”. No llegaron a publicar, sin embargo, ningún LP, ya que decidieron disolver la banda, por diferencias personales, antes de hacerlo.

A pesar de ello, por cuestiones contractuales con su compañía, les debían un disco. De modo que decidieron publicar un disco conformado exclusivamente por versiones de The Rolling Stones, que ni siquiera publicaron bajo su nombre, The Eyes, sino bajo una suerte de pseudónimo para el grupo: The Pupils.

Así, si buscas en Spotify por The Pupils, aparece ese disco colgado, una pequeña delicia de versiones pre-psicodélicas de los Stones, que me parece mucho mejor que su propio material como The Eyes, y que pone un broche a una carrera y a una historia, cuanto menos, curiosa.

ESCUCHA EL DISCO DE THE PUPILS EN SPOTIFY




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