Archive Page 2

25
Ene
16

Seis grados de separación: Sasha Grey

Supongo que, quien más, quien menos, habrá oído algo acerca de la Teoría de los Seis Grados de Separación. ¿No? ¿Alguien en la sala que no? En fin, se trata de una teoría que afirma que cualquier persona en el mundo está conectada a otra persona del planeta por hasta seis grados de separación, esto es, hasta cinco conocidos, de modo que la persona A conoce a la B, la B a la C y así hasta constatar que la persona A sólo está separada de la persona F por hasta seis enlaces. Una patochada que, no se crean, parece estar formulada bajo una base científica, aunque quien la expuso por vez primera fue un escritor húngaro, Frigyes Karinthy y desarrolló un sociólogo, Duncan Watts. A partir de ahí, ilustres miembros la Internacional Papanatas se volcaron en dotar de una solidez a la hipótesis. Y aunque en román paladino podríamos decir que se trata de una teoría cogida con pinzas, a mí me sirve para una entrada. No soy el único, de hecho, yo se lo estoy copiando al escritor Miqui Otero.

O sea, que entre cualquier fulano de este planeta gris y el juntaletras que suscribe, hay sólo hasta cinco personas. Aquí interviene el concepto de vínculo. Persona A debe conocer a persona B para tenerse en consideración. Pero, ¿qué es “conocer”? ¿Qué clase de vínculo se necesita? Yo una vez le di la mano a Iggy Pop durante un concierto… ¿eso cuenta? ¿O si no he compartido la infancia con ese individuo, ya no se puede considerar? En esa gradación tan estupenda que hacía Josep Plà de “amics, coneguts i saludats”, entiendo que los dos primeros epígrafes valdrían. Y como al final la entrada es mía, y en mi cortijo soy yo el que manda, lo haremos así.

Vayamos, pues, a demostrar cómo entre yo y la famosa (ex) actriz porno Sasha Grey, lo crean o no, malandrines, hay tan sólo seis grados de separación. ¿Por qué Sasha Grey, de entre los más de 7000 millones de habitantes del dichoso planeta Tierra, es la escogida para este experimento de NDK? Amigos, esto es Internet. Escriban la palabrita mágica “porno” y sus visitas se incrementarán de un modo exponencial a base de pajilleros y otros adeptos al buen malvivir. Y como quiera que mi vanidad no tiene límites, me encanta mirar las estadísticas de visitas y advertir como la barra de la gráfica ha tocado máximos. Podría ser otro. U otra. Pero no, hoy será Sasha Grey.

mono

El redactor jefe de NDK reflexionando acerca de la veracidad de la Teoría de los Seis Grados de Separación

De este modo, mi primer grado lo constituye mi tío. Hermano de mi madre, hablé de él por aquí, no vayamos a repetirnos. Entre otros trabajos más o menos artísticos, hace unos años estuvo dirigiendo una versión de “Panorama Desde El Puente”, la famosa pieza teatral de Arthur Miller. Tengo una tendencia a confundir a Arthur Miller con Henry Miller, y aún hoy tengo que tirar de Wikipedia para recordar que Henry Miller es el autor de ese coñazo que resulta ser “Trópico de Cáncer” mientras que Arthur Miller es el dramaturgo, que en una de esas piruetas mortales se llegó a casar con Marilyn Monroe. Vamos, lo que en mi barrio se llamaría un jugón, que no sólo era un escritor, un mito, sino que además se llegó a casar con la belleza más deseada de la época, en un matrimonio cuanto menos extraño. Volviendo a mi tío, preparaba una versión de la obra que iba a protagonizar Sancho Gracia, y que al final tuvo que dejar, ya que fue entonces cuando se le detectó el cáncer que acabaría por causarle la muerte.

Y precisamente Sancho Gracia será el segundo grado de separación. De Sancho Gracia todo el mundo recuerda, claro, la serie “Curro Jiménez”. Sin embargo, esa serie me cogió muy pequeño, y no tengo ningún recuerdo de la misma. Relaciono antes a Gracia con sus colaboraciones con Álex de la Iglesia, comenzando por aquella maravillosa “La Comunidad” o una cinta que me parece muy reivindicable, a pesar de que recibió bastantes palos, “Muertos De Risa”. Álex de la Iglesia siempre ensalzó a Sancho Gracia, considerándolo como uno de sus, digamos, actores fetiche, hasta su fallecimiento. De modo que Álex de la Iglesia será el tercer grado de separación.

Con De La Iglesia tengo un problema: a menudo sus películas me decepcionan, porque prometen mucho más de lo que me acaban dando, o porque sus tramos finales flojean. En realidad, desde “Balada Triste De Trompeta” le he perdido la pista y ya no he visto ninguno más de sus posteriores estrenos. Ya no me apetece. En uno de los últimos, concretamente, “Los Crímenes de Oxford”, dirigió a Elijah Wood en su papel protagonista. Elijah Wood, claro, será el cuarto grado de separación. No es que tenga nada contra Elijah Wood, pero es ver su cara, y ver al maldito Frodo de ese aburrimiento infumable que era “El Señor De Los Anillos”. Sí, odio esa película. Diría que odio la trilogía, pero sería poco riguroso: no pasé de la primera entrega, que vi, eso sí, en su correspondiente sala comercial y con ganas de disfrutar de algo grande. Tal vez fueran eso, las expectativas. Pero no, no es para mí. Y no diré gran cosa más ya que me temo que hay mucho fan suelto entre los que estáis leyendo estas líneas. Sólo que cada vez que recuerdo que durante una época se habló de un biopic sobre Iggy Pop que supuestamente iba a protagonizar Elijah Wood, me coge de todo. Como diría Ford Farlaine, Iggy “se estará retorciendo en su tumba si no fuera porque el hijoputa ni siquiera está muerto”.

Uno de los últimos trabajos de Elijah Wood, a quien parece que el cine español le tiene bien considerado, fue la cinta “Open Windows”, que dirigió Nacho Vigalondo en 2014. ¿Y recordáis quién era la partenaire de Elijah Wood en esa película? Pues, ta-ta-chaaaan… ¡Sasha Grey!

Sí, Sasha Grey, ex estrella de porno que se dedicó a hacer marranadas variadas frente a una cámara desde 2006 (oficialmente, con 18 años) hasta 2011, cuando se retiró para dedicarse a ser toda un hombre del renacimiento. Sí, amigos, Sasha ya no fornica frente al objetivo (al menos no comercialmente), pero sí escribe libros, canta en una banda, hace de DJ, actúa en películas donde la gente sale vestida, hace de modelo, y vaya usted a saber cuántas cosas más. Incluso protagonizó una portada de la revista Popular 1. Siempre me ha resultado llamativa esa obsesión de ciertos adeptos al porno por ir más allá en conocer más de lo que sus actrices favoritas muestran en pantalla. Quiero decir, el porno es porno, y vale para lo que vale, lo que no es poco, no me entendáis mal, pero sinceramente, si la muchacha que en aparece en pantalla embadurnada de esperma resulta ser una seguidora de la escuela sofista o si es fan de los Beach Boys, es algo que, personalmente, no me suscita el menor interés.

Lo de hacer porno muy jovencita y dejarlo cuando todavía se es lo suficientemente joven para las exigencias de la industria no es nada que no hubiera hecho antes Traci Lords. Y en cuanto a Sasha Grey, reconozco que es una belleza, y que no tiene esa apariencia recauchutada de algunas de sus excolegas de profesión. Por lo demás, sinceramente, no hay para tanto, y no deja de ser una perpetuación del cliché actriz porno = idiota, por lo que ella sería una rareza. O poniéndolo peor, chica guapa que explota su belleza = debe ser medio subnormal.

Sea como fuere, ahí tenemos mis seis grados de separación: Yo – mi tío – Sancho Gracia – Álex De la Iglesia – Elijah Wood – Sasha Grey. ¿Nos creemos o no nos creemos la teoría?

Canciones:

David Bowie: “I can’t give everything away”

Iggy Pop: “Gardenia”

Incognito: “Still a friend of mine”

11
Ene
16

Adiós, David…

Esta historia arranca en verano de 1997. Sí, me había prometido a mí mismo que ya, que ya vale de batallitas de los 90s y de explicar mis miserias por aquí. Ocurre que esta mañana el Twitter me ha dicho que David Bowie había muerto, y yo no me lo había creído, una de esas mentiras hijoputescas de las redes sociales, pensaba yo, o mejor todavía, una jugada de marketing con algo de humor negro de un Bowie que se las sabe todas y que había publicado nuevo disco tan solo unos días antes. Pues jódete, resulta que sí, que el tío la ha diñado, y ahora estoy compungido, me ha dado mucha pena que se haya muerto. Estas mierdas que sólo los fans entendemos. De modo que permitidme volver a ese verano del 97.

Por entonces yo no era fan de Bowie. No conocía su música, salvo algún single por aquí y por allá que emitían en “Los Cuarenta en Canal +”.Sabía, claro, que se trataba de una figura histórica, que era reverenciado por propios y extraños, incluidos, sí, todos aquellos ídolos de la música que entonces era actual y que resultaba, básicamente, la única que yo consumía. Trent Reznor giraba con él, Placebo eran sus teloneros y, claro está, el celebérrimo “The Man Who Sold The World” que Nirvana versioneó. Pero la realidad es que no había escuchado ninguno de sus discos, y para mí era, principalmente, el pelanas de “Dentro Del Laberinto”.

Conocía, también, que el tipo pasaba de su material más antiguo, no era como esos grupos de los 60s y 70s que básicamente hacían conciertos de revival (alguien dijo The Rolling Stones?) y se arriesgaba con movimientos más cercanos a la música que entonces era más o menos actual. De esa época me gustaban sus singles “Strangers When We Know” o el gran remix que los Pet Shop Boys habían hecho de “Halo Spaceboy”, en donde demostraba una cierta querencia por la música electrónica. Pero no, no había escuchado, al menos no conscientemente, “Life on Mars” o “Heroes”.

bowie

Selfie David & me (by @carloskarmolina)

En ese verano del 97 yo había acabado el instituto, en unos meses entraría en la universidad y todo parecía cambiante. Durante el mes de julio, y por unos días, me fui con mi primo, de mi misma edad, a Madrid. Estaríamos en casa de mi tío, el clásico tío bohemio, algo tarambana y homosexual que toda familia ha de tener. De profesión, bailarín. No te digo . Era la segunda vez que iba allí, y resultaba genial, porque mi tío vivía su vida de un modo muy diferente a la clásica rigidez de la familia convencional, de aquí se come a las dos con el telediario puesto y del a ver a qué hora vas a llegar. Con mi tío, y su pléyade de amigos, a cuál más pintoresco, se comía cuando apetecía, se fumaba cuando había, se escuchaba música (por desgracia, demasiado flamenco) y se vivía en un piso en pleno barrio de Lavapiés, que por entonces no me parecía tan degradado. Igual lo estaba y yo, simplemente, no sabía o no quería verlo.

El 15 de julio nos preguntó, a mi primo y a mí, que qué nos apetecía hacer esa noche. Nos comentó que un amigo suyo iba a ir a un concierto de David Bowie, y había propuesto ir. Y sorprendentemente, lamentablemente, le dijimos que no. Preferíamos ir a tomar una copa y lo que saliera. Es decir, me invitaban a ver a Bowie y lo rechacé. No sabéis la de veces que he recordado, con el paso de los años, esa propuesta. Al final, claro, he acabado sin haber estado nunca en una actuación de David Bowie en directo, y el fatal desenlace de hoy ya lo ha hecho imposible. Me consuelo pensando que ese show probablemente me hubiera decepcionado, con un Bowie muy metido en el drum’n’bass y el trip hop y que además pinchó de manera inesperada en la capital española, donde se trasladó el show de Las Ventas a la sala Aqualung porque sólo se habían vendido unas 3000 entradas.

No, no hay moraleja en esta historia. Descubrí la música (y la figura) de Bowie pocos años después, para quedarme prendado. Seguramente esa noche lo pasaríamos bien igualmente, y de poco sirve pensar si me hubiera gustado o no el concierto, ni qué clase de experiencia vital hubiera supuesto. Quizás, ya digo, decepcionante. Pero hoy David Bowie ha muerto y no he podido evitar acordarme una vez más de ello.

Canciones:

David Bowie: “Strangers When We Meet”

David Bowie: “Cat People (Putting Out Fire)”

David Bowie: “1984”

04
Ene
16

Reina, maga…

Leo con estupor un patético escándalo que se ha formado con el tema de las Reinas Magas. Que si Carmena la comunista rompespañas atenta contra la tradición católica en Madrid, que si ahora el papa le da por sacar a una niña de reina maga el primero de enero, lo cual me ha dejado con una considerable empanada de fechas tradicionales (1 de enero y ya con reyes??). En fin, en mi querencia por meterme donde no me llaman, he creído necesario meter cucharada y hacer una aportación, pues en mi barrio ya había reinas magas allá por esos maravillosos 90s. Y llegado a este punto, les pediré a mis fans menores de 10 años que abandonen la lectura de estas líneas ahora mismo (y se vayan al PornHub), porque lo que sigue, podría acabar con la magia de la navidad…

Esta historia es de cuando yo tenía unos doce años, o algo así. Tal vez serían once. Entonces estaba apuntado a un esplai, palabra que ahora descubro que en castellano es “esparcimiento”, uno de esos esplais asociados a la parroquia del barrio, que parecían un vestigio de los años del tardofranquismo en donde la iglesia catalana más democrática y de barrio hacía proselitismo católico y obrero. Nada que objetar, oiga, para mi madre era una manera de tener a sus niños colocados haciendo actividades variadas, generalmente juegos, visitas culturales y manualidades, sin andar zascandileando por las calles con vete-tú-a-saber-quién, y para mí, he de reconocer que había momentos más divertidos que otros, pero no estaba mal. Y no, el rollo parroquiano católico nunca resultó agobiante en aquel esplai.

papanoel

Este mamonazo es el que más habrá disfrutado leyendo estas líneas… (photo by @carloskarmolina)

Llegadas las fechas navideñas, se decidió hacer un pesebre viviente como actividad para la chavalería, y se representaría la tarde del cinco de enero. La historia acabaría como punto de llegada de los Reyes Magos de la cabalgata de mi barrio, la Zona Franca, o como lo llaman ahora, La Marina del Port, nombre al que me cuesta acostumbrarme. Los monitores del esplai  repartieron los papeles, y a mí me tocó de pastor, lo cual era bastante molón y me permitía estar con mis coleguitas del grupo. De modo que nos emplazaron a hacernos con un disfraz y allí me presenté, la tarde del cinco de enero, con mi disfraz de lo que sería un pastor de la Palestina del siglo I. O por lo menos, mi disfraz tal y como si fuera a aparecer en uno de esos péplums de Samuel Bronston que se emitían en TV cada semana santa. Mi sorpresa llegó cuando vi que el resto de mis compañeros pastores no iban como tal, sino que llevaban los ropajes clásicos de Els Pastorets, pelliza y barretina incluidos. Vamos, más La Cerdanya que Galilea. Malditos tradicionalismos nostrats. Para no desentonar, me colocaron de figurante junto a un pozo, con una monitora que también iba disfrazada de “Rey De Reyes”, por lo que mi plan de pasarme la tarde de charleta con mis coleguitas pastores se había ido, de repente, al garete. Y no, mi querido sector cerdete de lectores, la monitora en cuestión difícilmente podría generar ningún tipo de fantasía erótica, ni en mi yo de once años ni, y me perdonarán la crueldad, en ningún hombre heterosexual. O tal vez sí, que hay tipos muy raritos en este mundo.

Reconoceré que a partir de ese momento, resultó ser un coñazo, estar allí plantado junto al dichoso pozo de cartón piedra, disfrazado con una túnica roñosa y en compañía de la monitora en cuestión. Los minutos pasaban lentos, demasiado lentos, y de lejos veía a mis amiguetes del esplai, con sus putas barretinas, sentados junto a un fuego donde se estaba cocinando una gran perola de escudella, riendo y calentitos a la lumbre. Mis sentimientos de paz y armonía navideña iban mutando en decepción, aburrimiento y odio. Y en esas llegó la cabalgata de los Reyes, que había recorrido el Paseo de la Zona Franca y tenía su final en el parque donde estábamos.

Mi compañera de pozo, la monitora, me dio un cazo con agua y me conminó a ir a los Reyes, que habían bajado de su carroza y estaban frente a nuestro portal de Belén, a ofrecerles agua. “Ve”, me dijo, “y les ofreces diciendo: ¿su majestad tiene sed?” y yo, que ya tenía once años, ya lo sabía todo, y tenía la edad del pavo subida,  comencé a sentir una gran vergüenza por este teatrillo absurdo que me obligaba a hacer. La monitora insistió, y allí me acerqué, con mi túnica, con mi cazo, y con mis mejillas enrojecidas, a la comitiva real, y formulé la cortés pregunta: “¿su majestad tiene sed?”. Supongo que la vergüenza me hizo hablar en voz demasiado baja, de modo que el rey ni se enteró de lo que decía, y en cambio, uno de los pajes reales, una señora (¿una paja?) se giró y con cara de sorpresa simplemente contestó “¿qué?”. Así que insistí con mi frase, “¿su majestad tiene sed?”. La señora cogió el cazo de mis manos y se lo acercó a Su Majestad, mientras le decía “Manoli, bebe agua”. No podría decir mucho más, no sé qué rey era Manoli, si el negro, pintado como mandan los cánones, si era Gaspar o si era el jodido rey Leopoldo de Bélgica, la vergüenza de esa patética escena me hizo que ni mirara, cogiera el cazo de vuelta y me marchara corriendo a mi pozo de cartón piedra. Las navidades ya nunca serían lo mismo para mí.

Canciones:

Echo & The Bunnymen: “The Killing Moon”

Curtis Harding: “Surf”

Courtney Barnett: “Depreston”

 

11
Dic
15

El peor trabajo del mundo

Tal vez tú te creas que tu trabajo es una mierda… sí, te hablo a ti, lector quejumbroso de NDK, que te regodeas en tus miserias personales mientras piensas con odio en ese jefe que te ningunea, en esos compañeros que no colaboran, en esa, sí, esa que te gustaría tirarte pero que no te hace ni puñetero caso, y en la faena aburrida y monótona en la que gastas ocho horas de tu vida, día tras día, sin permitirte demostrar la valía que sabes que tienes y que sin duda merecería mejor aplicación. Tal vez creas eso, pero no es así. Y para ello está el tío Kar, para explicarte, cual abuelo cascarrabias, que lo que ocurre es que vuestra generación está demasiado acostumbrada a atar los perros con longanizas, expresión que, dicho sea de paso, es absurda, porque si así fuera, en primer lugar, vaya una mierda de longaniza blandurria que permite hacer un nudo y, por otra parte, diablos, el chucho se la comería.

Pero antes, permitidme que os explique una historieta. Es una de esas historias que abundan en este blog, de viajes y situaciones absurdas, con un cierto componente de autocompasión por parte de quien suscribe, que consejos vendo pero para mí no tengo, y, claro está, ese ego ingente que ahora mismo pugna por salir de la habitación donde me encuentro y estallar destrozándolo todo, como el muñeco de los marshmallows de Cazafantasmas. Y para variar, algo de escatología, que siempre le da al asunto una pátina de humor y resulta una muestra de mi bajo nivel intelectual, que me hace reír como un idiota con el caca, culo, pedo, pis.

Pues resulta que el mes pasado viajé a Malasia, concretamente a la capital, Kuala Lumpur. Es ahora cuando a ti, lector, te toca pensar “joder, qué chulo, qué vidorra se pega éste, cómo debe molar ese país” y todas esas cosas que me toca sufrir y que asumo estoico como un ecce homo  pero en la versión guapa, no la versión graffittera que dio efímera fama a esa abuela beatilla de Borja. En fin, para quien se crea que todo el sudeste asiático es como un publirreportaje de Turismo en Tailandia, con playas paradisíacas, delicias gastronómicas, bellezas asiáticas, templos budistas en cada esquina y diversión a tutiplén, le recordaré que Malasia es un país eminentemente musulmán, siendo ésta la religión oficial, luego, es un coñazo de sitio donde no te sirven cerdo para comer y done suena la dichosa llamada a la oración desde las mezquitas cinco (cinco!) veces al día. Lo cual contrasta con Kuala Lumpur, una urbe de apariencia ultramoderna, al menos en el centro económico, con rascacielos espectaculares y las torres Petronas reinando. Que no engañen las apariencias, más allá de la alargada sombra de esas torres Petronas, el resto de la ciudad es bastante cutre.

petronas

Torres Petronas, desde arriba. Un bonito día… (photo by @carloskarmolina)

Pero amigos, las torres Petronas es la atracción principal, y aprovechando mi última mañana en el país, dado que la faena había acabado y mi vuelo era por la tarde, decidí hacer de turista y sí, subir a las torres, que tenía, por otra parte, muy cerca de mi hotel. Para subir se compran unos tickets que distribuyen las visitas por franjas horarias. 15:15 era mi hora. Y llegué con veinte minutos de antelación. Pero tal cual iba llegando, notaba una llamada de la naturaleza, que es una forma fina de decir que me estaba cagando vivo y que el maldito bocadillo de Subway no me había sentado todo lo bien que debiera. Y como no era plan de subir 86 plantas con semejante carga en mis tripas, y bajo posibilidad de sufrir un ridículo accidente, decidí ir en busca de un baño. Anexo a las torres hay un centro comercial, y, claro, lavabos. Di con unos cercanos, con un letrerito que indicaba algo como “lavabos de pago, los hay gratuitos en la siguiente planta”. Como quiera que en estas situaciones límite uno no debe ser rata, decidí pagar. Nada, el equivalente a 50 céntimos de euro y te daban una suerte de toallitas de bebé. Eso era todo, pensaba. Pues no.

Al entrar en el baño en cuestión había un tipo. Pensaba que estaba, sencillamente, haciendo cola. Pero no era así. Al verme entrar, me saludó, servicial, abrió la puerta de un cubículo y se puso a limpiar la taza del wáter, dando un repaso rapidito. Sorprendido, entré y cerré. Yo, que soy un alma sensible, no me sentía muy cómodo con lo que iba a hacer, y teniendo a ese pobre señor al otro lado de la puerta, y sin embargo, ¿qué otra opción me quedaba? Desde luego, ninguna. Así que me puse a la faena, que para eso habíamos llegado hasta allí. Una vez finalizada, allí estaba ese caballero, sonriente, activando el grifo del lavamanos para mí, de un servicial que resultaba ridículo. Mojé mis manos, claro, y automáticamente mi recién estrenado vasallo le daba al pulsador del jabón para que pusiera mis manos debajo. Finiquitada la higiene, me acercó unos trozos de papel para secarme, y me puso una suerte de colonia o loción para las manos. Abrumado, le di las gracias y me marché.

¿Y ahora, qué? Imaginemos la rutina laboral de ese individuo, ocho horas limpiando wáteres que van a ser automáticamente utilizados, ocho horas de olores y ruidos poco agradables, ocho horas de asistir en la compleja labor del lavado de manos a tarados como yo. Entonces, ¿ahora, qué? ¿Verdad, lector, que te sientes un poco mejor con tu trabajo? De nada.

Canciones:

Nouvelle Vague: “Ever Fallen In Love”

The Faces: “Ooh La La”

R.E.M. : The Wake-Up Bomb

17
Nov
15

Que sea el último, Manolo…

Ahora casi ya no lo recordamos, pero algunos todavía tenemos en la memoria esa época infausta en la que, de repente, todo el mundo se convirtió en fan de los dichosos El Último de la Fila. Fue hace ya muchos años, a mediados de los 90s, cuando publicaron el celebérrimo disco “Astronomía Razonable” y por arte de birlibirloque, lo petaron, hablando mal y pronto. Como suele ocurrir en estos casos, el problema no estaba tanto en el LP en cuestión, que en realidad puedo decir que no estaba mal, sino en ese grueso de fans pesadísimos que de repente se apresuraron a conseguir todo lo grabado por sus nuevos ídolos, sean discos previos o incluso de proyectos anteriores a El Último de la Fila, a saber, Los Burros y Los Rápidos. ¿Que cómo sé yo de esos proyectos? Pues amigos, muy sencillo, yo también sufrí a mi alrededor la presencia de fans pesados gravitando en mis círculos de amistades y familia. Yo era sólo un niño. Y la ONU no hizo nada al respecto.

Es más, yo tuve mi etapa de interesarme por aquella música y aquél disco, y sí, recuerdo una vieja TDK que escuché con cierta frecuencia durante una época. Tal vez fuera una necesidad de integración, puede que quisiera saber qué era aquello tan bueno que me estaba perdiendo, quizás simplemente me gustó. No recuerdo que me durara mucho más allá del verano de 1993, mi interés por El Último de la Fila. En realidad supongo que quería congraciarme con un amigo que era fan fatal.

Hay que decir que el grupo no estiró el chicle para ganar dinero a espuertas, lo cual les honra: en 1995, dos años después de tener ese éxito que ni ellos se creyeron, publicaron un esperadísimo disco de continuación, que acabó no convenciendo a nadie, y, sencillamente, decidieron dejarlo. Aquello dejó huérfana a esa legión de fans que los había idolatrado cual becerro de oro del pop patrio. Recuerdo claramente a mi amigo tratando de asumir el primer disco en solitario, y tras la ruptura, de Quimi Portet, una suerte de empanada más cercana a los discos de Jaume Sisa que al dichoso burro amarrado en la puerta del baile.

nelson

Fan emocionado por ver a Manolo sobre el escenario (by @carloskarmolina)

Por suerte para él, el otro componente, Manolo García, también emprendió una carrera en solitario. Y este sí supo lanzar sus redes para recoger a esa pléyade de fans de su antiguo grupo, grabando un LP que sonaba a descartes chungos de El Último de la Fila. ¿Que cómo lo sé? Bueno, entonces yo todavía era amigo de aquél muchacho fan, que sí, celebró la vuelta del hijo pródigo. Pero para las personas de bien como el juntaletras que suscribe, aquello fue un infierno. No sólo había que aguantar a los fans, sino también la permanente presencia de esas canciones de mierda en bares, pubs y cualquier otro lugar de mi ecosistema juvenil. Además… ¿Manolo García? ¿Qué clase de cantante de pop se puede labrar una carrera llamándose “Manolo García” como si fuera el estanquero del barrio?

Por fortuna, la carrera en solitario del tal García se volvió un poco como una gaeosa agitada, y pasada la efervescencia inicial, su estrella se fue apagando, y le honra que, una vez más, tampoco explotara al límite ese éxito inicial, para ir pasando, poco a poco, a un segundo plano, y quedar sepultado entre triunfitos, hits de electro latino y la crisis de la industria discográfica. Y ya no tuve que aguantar a más fans histéricos.

Y con la perspectiva que da el tiempo, me puedo permitir ver todo aquello como un engorro temporal. Y si sí, continúo odiando a muerte esas canciones del dichoso Manolo García, pero puedo apreciar algunas cosas interesantes por aquí y por allá en El Último de la Fila. Especialmente en esos títulos tan ingeniosos y descacharrantes como “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”, “Enemigos de lo ajeno” o “La rebelión de los hombres rana”. Incluso me hace gracia esa mezcla de costumbrismo y surrealismo que tiene la letra de “Como un Burro Amarrado en la Puerta del Baile”. Será que me estoy haciendo mayor. Será.

Canciones:

The Byrds: “My Back Pages”

Ryan Adams: “New York, New York”

The Jim Jones Revue: “The Princess & The Frog”

12
Nov
15

Big Time

“Big Time: La gran vida de Perico Vidal”. Desde luego el título no podía estar mejor escogido. No negaré que disfruto de libros que, en realidad, me deja mal cuerpo, porque desprenden un nihilismo y una visión negativista, tal vez realista, pero en definitiva, capaces de hundir en la miseria al más pintado. ¿Alguien dijo Huellebecq? Del mismo modo, sin embargo, ciertos libros me resultan un chute de lo que en un anuncio de Coca-Cola llamarían “ganas de vivir”. De hacer cosas, de experimentar, de disfrutar, de buscar el placer, de divertirse. La autobiografía de Errol Flynn podría ser uno de ellos, lectura que recomiendo a cualquiera. Y en este caso, sin caer en la sorna y el sentido del humor de Mr. Flynn (y de sus mentirijillas a la hora de explicar su supuesta vida), en ese mismo conjunto incluiría este “Big Time”.

El proyecto en realidad no nació como un libro, sino que se fue publicando por capítulos en el blog que Marcos Ordóñez tiene en El País. Allí fue donde yo, de un modo casual, lo descubrí, y lo fui siguiendo, fielmente, a cada entrega. Por suerte al final Marcos Ordóñez se ha decidido a publicarlo en el formato que le corresponde, el del libro. Y es que, en el fondo, soy una abuela, y me encantan los libros en papel. Leo mucho en tablet o móvil, periódicos, publicaciones, webs, blogs… y sin embargo, para novelas, me gusta tocar papel.

Y ahora la gran pregunta: ¿Quién era Perico Vidal? ¿Por qué una biografía suya? Pedro, o Perico Vidal fue un asistente de cámara y ayudante que colaboró, principalmente, en las grandes producciones que se rodaron en España entre los 60s y los 70s. Vidal supo ganarse la confianza y la amistad de tipos como David Lean, Orson Welles, Nicholas Ray o el gran Frank Sinatra. Se logró meter en el mundo del cine y destacar, y en una España tan triste como la de la época, supo hacerse un nombre.

Otros tiempos, probablemente, con más clase... (by @carloskarmolina)

Otros tiempos, probablemente, con más clase… (by @carloskarmolina)

Y todo aquello le llevó a vivir una vida de amor al cine pero también a la música (jazz, principalmente), de muchos viajes y también de muchas fiestas, siempre bien rodeado de esos mitos que los mortales sólo vemos en una pantalla. Así, el mismísimo Frank Sinatra, quien hizo buenas migas con Perico Vidal, se lo llevó a Los Angeles y Las Vegas en su época de reinado, por poner un ejemplo de experiencia que vale por años de gris vida de otras muchas personas.

Tras recoger mucho material a base de grabar entrevistas con Vidal, ya en el ocaso de su vida, pues murió en 2010, Marcos Ordóñez comenzó a recopilar y escribir sobre aquello para acabar publicando este libro, que a su vez, se complementa con una parte fina narrada por la hija de Vidal, Alana. Y si bien la parte de Alana pierde un poco el interés, ayuda a complementar un contexto.

Big Time. Yo soy muy fan del inglés como lengua y del uso de anglicismos, soy así de vulgar, y desde luego no se me ocurre mejor definición para esa vida. Admiro mucho a las personas que se esfuerzan en vivir la vida que quieren, la libertad, con los riesgos que conlleva. Y resulta la clase de lectura que te lleva a querer aprovechar nuestro tiempo en este mundo, y te deja con una sonrisa en la boca.

Canciones:

Siouxee and the Banshees: “The Passenger”

Lenny Kravitz: “Come on get it”

Placebo: “Without you I’m nothing”

10
Nov
15

Scorched Earth

Acabo de tener un dejà vu de los buenos. Acabo de descargarme un emulador del videojuego Scorched Earth. Dicho así, no parece gran cosa, lo sé. Se trata de un videojuego al que jugaba yo en 1991 o 1992. Ayer por la tarde, vamos. Por aquél entonces yo no tenía ordenador, y jugaba en casa de un amigo. La envidia me corroía, no lo negaré. Yo TAMBIÉN quería un ordenador, aunque no supiera bien para qué servía. Se trataba de un PC de verdad, no de esas chapucillas de Amstrad o Spectrum que cargaban juegos en cinta de cassette y que tardaban lo que me parecía una eternidad en estar operativos. Y no, tampoco tuve nunca uno de esos ordenadores para videojuegos, y si jugaba con ellos, era en casa de mis primos, y demás. Ya lo veis, mi infancia fue triste y gris. Todo un Oliver Twist del siglo XX, vamos.

En fin, recuerdo pasarme muchas tardes de sábado en casa de ese chaval, y jugar con su PC era un gran aliciente. Así, a bote pronto, recuerdo juegos como Operation Wolf o Gauntlet. Pero mi preferido era Scorched Earth. Nombre que, dicho sea de paso, descubrí, y por casualidad, hace poco. Yo siempre había conocido ese videojuego como, simplemente, “Scorch”. Todavía no sé por qué. Mis únicas referencias con el nombre de Scorched Earth era el nombre de una banda noruega o sueca de stoner rock con influencias blues que sacaron un disco majete en su momento y que tenían un temazo: “Blues for the Universe”.

Scorched Earth, el juego, era una especie de juego a medio camino entre la estrategia y la acción, donde se dibujaba un perfil montañoso y cada uno tenía una serie de cañones dispuestos al azar en ese perfil. Se trataba, claro, de cañonear los objetivos contrarios, usando diferentes tipos de munición. Y bueno, si vemos la parte gráfica, parece que lo hubiera programado un chimpancé. Pero amigos, era 1991, y estaba programado en DOS. Y qué más daba, me dio muchas horas de felicidad, como en su momento también me dio el “Street Fighter II”, aunque esa era, claro, otra historia.

Hace mucho que nunca juego a videojuegos, simplemente, me dejaron de interesar. No por nada en particular, y no descarto que me dé por volver a jugar cualquier día de estos. Pero ahora tengo ese emulador de Scorched Earth y me da miedo. ¿Me gustará todavía? ¿O tal vez me parecerá una mierda? Y si así fuera, ¿significa eso que poco queda ya del niño que era en 1991? ¿Tiene eso alguna importancia?

Canciones:

The Lords Of the New Church: “Dance With Me”

Eagles Of Death Metal: “Anything ‘cept the truth”

The Wailers: “Stir It Up”

24
Oct
15

Todos Somos Extraterrestres

Cuando yo era pequeño, mis amigos, en vacaciones, se iban al pueblo. Así, durante los períodos vacacionales de más de 4 o 5 días, fuera navidad, semana santa o, sobretodo, en verano, desaparecían del barrio para ir a unos lugares estupendos, casi míticos, en los que se podían realizar actividades que en mi mente infantil me parecían maravillosas, a saber, zanganear con la cuadrilla hasta las tantas de la noche, vivir montado en una bicicleta, bañarse en un río, ver cómo se ordeñan cabras o pasear la estatua de la virgen en quince de agosto. Todo eso, claro, me resultaba lo máximo que un chaval podría desear, porque yo no tenía pueblo.

En su lugar, algunas veces (y nunca con esa frecuencia anual casi religiosa de mis camaradas de barrio), mis padres tenían el arrojo de llevarse a mis hermanas y a mí de viaje a León, lo más parecido a “mi pueblo” que pudiera tener. Y venga, esos ochocientos kilómetros infernales en coche. Por supuesto, no era un pueblo, aunque también es cierto que era lo más rural que yo había experimentado, no por la ciudad en sí, sino por algunos pueblos de alrededor que visitábamos. Pero no, el campo base estaba en la capital de provincia, con lo cual, no era ni chicha ni limonada. Debe hacer casi 20 años que no voy, pero no nos engañemos, no resultaba muy diferente que mi ciudad. Más pequeña, pero ciudad. Así que no había nada en común con esas vivencias rurales de mis amiguetes, más allá del palizón de carretera.

En León solíamos hospedarnos en el piso de una familiar de mi madre, una persona que recuerdo como entrañable, que acabó metiéndose a monja en un convento de clausura. Y para ti, mi lector descreído de mierda que no tiene ni idea de qué va eso, te diré que sí, es lo que parece. Un convento de clausura es como acceder a la edad media sin DeLorean ni hostias, donde unas monjas se encierran en un edificio del siglo XIV a no hacer nada, más que rezar, pasear por el claustro, y, ojo, tienen prohibida la salida del recinto de no ser por causa de fuerza mayor (visitas médicas, y demás). Antes de meterse a monja, esta mujer tenía una casa llena de libros, y es evidente que la religión estaba presente, pero desde luego su biblioteca había cosas interesantes. Tenía también tan sólo dos películas de vídeo, grabadas de la televisión, “Sonrisas y Lágrimas” y “Jesús de Nazaret”, la versión de Franco Zeffirelli. Obviamente, me tragué esas dos películas muchas veces, así que podría cantar las coplillas de la familia Von Trapp de memoria o recordar las escenas de ese clásico de viernes santo de los 80s y 90s.

Es por ello que me resultó una sorpresa dar, en esa casa tan devota, con un ejemplar de un libro titulado “Todos Somos Extraterrestres” de un tal Marius Alexander. El encuadernado era propio de una novelita de baja tirada, la portada pretenciosa y el contenido resultaba ser digno de una charla de bar de un Iker Jiménez con una par de sol y sombras de más. Así, el tal Marius Alexander desarrollaba una serie de teorías acerca del origen extraterrestre de la raza humana, considerando que lo que los cristianos asumen como la creación del hombre por parte de dios no era más que un experimento  de una raza superior de alienígenas que se entretuvieron sacándose de la chistera (voilà!) un ser nuevo en la Tierra.

Extraterrestres: están por todas partes (by @carloskarmolina)

Extraterrestres: están por todas partes (by @carloskarmolina)

Hablo de memoria acerca de un libro que hojearía con once años, y, seamos sinceros, apenas recuerdo lo que cené ayer,  que nadie espere datos pormenorizados. ¿Qué hacía ese panfleto con aires de teoría new age ochentera en casa de una mujer que acabaría metiéndose en un convento? ¿La duda, tal vez? ¿La curiosidad? En fin, como suele suceder en estos casos, no dejaba de ser una sucesión de ideas bien hilvanadas sobre una base francamente inconsistente. La idea de una raza humana creada por unos seres alienígenas es algo relativamente frecuente, que, por ejemplo, ya desarrollaban sectas como los elohimitas de los que hablaba Houellebecq en su novela “La Posibilidad de una Isla”. Y a partir de ahí, todo de teorías acerca de señales en biblias y otros libros sagrados de la noche de los tiempos, como el clásico del carro de fuego de Elías, y demás. Que en definitiva, hace dos o tres milenios, por lo visto, los extraterrestres se paseaban por el planeta como Pedro por su casa, y ahora, los jodíos se hacen los remolones. Y por ahí pasa la Atlántida, Egipto, o Jesús, un alien (como un Alf cualquiera) enviado a la Tierra. Y por si fuera poco, una teoría que en su momento me dejó francamente sorprendido, que los primeros humanos eran hermafroditas, es decir, tenían ambos sexos, como, y si me permitís la broma, la Veneno y Carmen de Mairena.

Tirando de Internet, veo que Marius Alexander es el pseudónimo de Màrius Lleget, un periodista y escritor de Granollers, pionero de la ufología en España, que publicó una treintena de libros entre 1955 y 1982. Marius Alexander suena mejor, suena a científico exiliado de la URSS por haber revelado secretos de lo que los cosmonautas vieron y nunca les dejaron explicar. Pero resulta que el tío era casi vecino mío.

Una vez más, me pregunto qué extraño resorte ha hecho saltar a este recuerdo a la superficie de mi memoria, esa memoria que me permite más fácilmente recordar aquello de “do, es trato de varón, re, selvático animal” o poder citar los años de publicación de los discos de Guns n’ Roses, pero no en qué piso del parking del centro comercial he aparcado mi coche. Como vemos, Marius Alexander no logró convencer a aquella lectora, que prefirió refugiarse en el catolicismo, en su vertiente más rancia. Pero no hace falta más que salir a la calle para darse cuenta de que sí, todos somos extraterrestres. O casi.

Canciones:

Guns n’ Roses: “Riad n’ the Bedouins”

Royal Headache: “High”

Phoenix: “1901”

20
Oct
15

La Posibilidad de una Isla

Escribo estas líneas en un avión que me lleva a Bogotá con una estúpida, inesperada y ciertamente irritante parada en Cali. He visto la película “J. Edgar” de Clint Eastwood, con ese Leonardo DiCaprio y ese maquillaje que me recuerda a los “Celebrities” de Muchachada Nui. Y sin embargo, no está mal, la cinta. Eastwood rueda con oficio y su duración infame de dos horas y cuarto pasa agradablemente. Pero es que a mí me gusta mucho el tema, cosas de consumir demasiada literatura de James Ellroy y demasiados “No Me Judas, Satanás” de César Martín en Popular 1. Dos fuentes con una particular conexión, lo reconozco.

Los viajes transoceánicos en avión me suelen dar pie a reflexiones que probablemente vienen filtradas por el cansancio, el agobio, el aburrimiento, esa extraña sensación de no saber qué hora es, la de verdad, la de tu cuerpo. Tengo 35 años y seguramente he cubierto al menos un tercio de mi vida. ¿Alguna vez os habéis pensado a parar en ello? Aunque soy joven, por lo menos así me considero, ya no soy lo que se calificaría de “un jovencito”. De hecho, ahora la prensa habla de una nueva generación, los “millenials”, sin saber muy bien a qué se refieren y si, al menos, cronológicamente hablando, pertenezco a ella. Claro que también hace unos años se hablaba de la Generación X y tampoco supe nunca si me podía incluir o no. Entonces era demasiado joven para ser Generación X y ahora soy demasiado viejo para ser un millenial, hay que joderse. Aunque sospecho que esto de los millenials no deja de ser una creación surgida de un despacho de marketing para enfocar correctamente las ventas a un determinado sector, aunque, diablos, se supone que existe ese sector.

En fin, tú, tal vez, no habrás pensado en asuntos como lo que te queda de vida, pero Michel Houellebecq sí lo ha hecho, y te lo plasma en una novela, para joderte un poco la existencia. El gabacho suele ser de esos que te ponen el dedo en la llaga y si lo tienen a mano, te echan vinagre en ella. “La Posibilidad de una Isla” es la quinta novela de Houellebecq que leo y como todas, me ha gustado mucho. La vida y su final, o no, las relaciones humanas y lo que nos condicionan para la vida, lo jodidamente solos que estamos. Sobre esto gravita una historia que no sabría considerar si es lo de menos. Siempre sombrío, no es la clase de lectura que te lleva al optimismo y la diversión. Pero eso depende de cada uno, claro. Lo que más me gusta de los libros que escribe Houellebecq es el poso que deja cuando uno ha cerrado sus tapas.

ojo ahí... (by @carloskarmolina)

ojo ahí… (by @carloskarmolina)

No soy el único, Iggy Pop, que en los últimos años lleva un afrancesamiento ciertamente curioso, también se sintió tan influenciado por la lectura de “La Posibilidad de una Isla”, que grabó una suerte de disco semiconceptual en donde retomaba caminos que había trazado tiempo atrás con su LP “Avenue B” y que había abandonado para emprender de nuevo su andadura con The Stooges. Interesante conexión, la de monsieur Pop con Michel Houellebecq. Y leyendo sus páginas, no me deja de parecer razonable que en algún aspecto Iggy Pop se pueda identificar con el protagonista de “La Posibilidad de una Isla”.

Canciones:

Iggy Pop: “King Of The Dogs”

Gary Moore: “Nuclear Attack”

Zaz: “Les Passants”

06
Oct
15

Trabajos de adolescente (1): El Barça

Ah, los trabajos de estudiante. Martingalas variadas en las que algunos estudiantes nos vimos más o menos obligados a meternos con el fin de poder conseguir unas perrillas que gastar en vicios variados, ni que fuera el sobrante después de pagar la matrícula de la universidad. Eso era, claro, cuando para poder pagarse una universidad pública no hacía falta vender un riñón en el mercado negro de órganos. Eran otros tiempos.

Si lo miro de este modo, tampoco me puedo quejar. Otros han tenido que acumular curreles miserables aún acabada su etapa estudiantil. Y sin embargo, permitidme que esquive el rollo panfletario de la precariedad laboral y la lucha de clases. Y permitidme que me centre en esos trabajillos que fui haciendo durante mi etapa como estudiante, desde que tuve 14 años hasta que tuve 22 y firmé mi primer contrato de 40 horas semanales, nóminas, y todas esas cosas.

Como quiera que no pretendo relatar mi trayectoria profesional adolescente de modo cronológico y exhaustivo, me permitiré ir dando saltos y centrarme en aquello que considere, que para algo éste es mi blog y escribo sobre lo que me sale de los cojones.

De modo que comenzaremos por la primera entrega de la que espero, sea una saga: El Barça

Sí, habéis leído bien, el menda estuvo trabajando para el Futbol Club Barcelona, entre las temporadas 95-96 y la 98-99. Lamentablemente, no formaba parte de La Masia, ni del staff técnico, ni siquiera era el chico que le encendía los puros a Joan Gaspart. No. Mi tarea era la de dependiente, por decirlo de algún modo, de los puestecillos de alquiler de almohadillas en la tribuna del Camp Nou. Para aclarar, en la tribuna del estadio, se ofrecía la posibilidad de alquilar una especie de cojinete de espuma para que los socios con dinero que pululaban por la tribuna pudieran posar sus nalgas sobre algo más mullido que el frío plástico del asiento. La burguesía barcelonesa se llevaba uno de estos cojinetes y luego los dejaban en el asiento para su posterior recogida. El doctor Barraquer, familias de jugadores, etc…

Así, mi trabajo era básicamente el siguiente: Entrar con dos horas de antelación al estadio, lucir una fantástica bata azul de operario, arrastrar las cajas de cojinetes a mi puesto y pasarles un trapito para quitarles el polvo. A medida que se acercaba la hora, los socios amb caler iban pasando y por unas 125 ptas, creo recordar, se llevaban los cojinetes. Una vez comenzado el partido, guardábamos en un cuartillo inmundo las cajas y los cojinetes restantes, si los había, y se nos pagaba, a razón de 25 ptas por cojinete. En un partido mediano podías sacarte unas 3000-4000 pelillas, lo que no estaba mal, si contamos que comencé con 14 años. El que tenía un business interesante era el responsable del tinglado, que, ese sí, se llevaba 100 ptas por conjinete, con lo que haciendo números rápidos, si yo me levantaba 4000 ptas, él se llevaba 16.000 ptas. Eso sólo por mi puesto, y éramos 7 u 8 puestos.

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma...

Este año se ha celebrado la edición 49, poca broma… (by @carloskarmolina)

Una vez recogido el dinero, podía buscarme cualquier asiento que hubiera libre en tribuna (y siempre habían) y ver el partido. Al final del encuentro, tenía que recoger los cojinetes de los asientos, lo que solía ser una tarea rapidita. Y listo.

El gran aliciente se suponía que era poder ver los partidos gratis. Y sí, reconozco que tenía su gracia. Pero no os engañaré, aunque me gusta el fútbol, una cosa es ir al campo cuando te apetece y otra es ir siempre, por obligación, sea sábado o domingo y tragarse todo el partido, por coñazo que sea, fuera bueno o malo, y sin verlo entre amigos, que no deja de formar parte del ritual. Será que ahora me gusta más el fútbol que antes, pero os aseguro que llegaba a tocarme bastante las narices, y más de una vez hubiera querido recoger el dinero y largarme sin ver el partido. A mí me tocó, además, las dos temporadas en las que a Antena 3 le dio por emitir un partido los lunes a las diez de la noche. El horror. Había mucho flipado entre el grupo de gente que allí trabajaba, pero yo, si iba, y si aguanté cuatro años, era por el dinero. Llegó un momento en el que el Barça me la traía al pairo.

Aquél fue mi primer trabajo, más o menos, en los que, siendo un crío, me rodeaba de tipos, bastante mayores que yo. Eran otros tiempos, y era otro Barça, un Barça muy casero, muy poco profesionalizado en lo que a servicios se refería. No se me olvidará jamás aquél cuartucho donde se guardaban los cojinetes, con un escritorio de los de flexo deprimente, y con el jefe,  un burgués venido a menos, aprendiz de empresario (que sus buenos duros manejaba, el mamón), Ducados perennemente colgado de los labios, fumando en el cuartucho, claro, aires de superioridad y gris, todo muy gris, contaba los cojinetes devueltos y te pagaba acorde a las “ventas” de aquella tarde.

Por si fuera poco, a aquél curro yo llegué como se hacían antes las cosas, supongo que también ahora, colocado por un amiguete de mi padre. El tipo tenía un yerno que también había colocado, y llevaba años en ese trabajo. Al cabo de varios partidos, hubo una reorganización, quién sabe por qué, y en lugar de ponerme un puesto para mí solo, me colocaron en el puesto de ese tipo, por lo que pasé a ser “su ayudante”. Y el muy hijo de puta, en lugar de repartir las ganancias al 50%, me daba lo que él consideraba. Si se hacían, qué sé yo, 6000 ptas, él se quedaba 4000 y me daba 2000. Y así estuve al menos dos años. Y ahora puede parecer una chiquillada, el prisma del paso del tiempo, que todo lo deforma. Pero os juro que aún hoy de buena gana le reventaría la cabeza con un bate de béisbol, como Robert De Niro hacía interpretando a Al Capone en “Los Intocables de Elliott Ness”.

En cuanto al fútbol, qué puedo decir. Me tragué una etapa muy triste en el club. Sólo hubo un destello de diversión, el año de Bobby Robson, con aquél mágico Ronaldo, el gordo, antes de estar gordo, cuando de sus botas salía pura magia, y como nunca más volvió a salir. Por lo demás, yo vi jugar a Prosinecki, a Korneiev , a Bogarde o a Zenden. Ojo ahí.

Y al final lo dejé, aburrido. Cansado de aguantar gilipolleces del jefe, del yerno y de su puta madre. Decidí que para cobrar unas perrillas, podía buscarme otras cosas. Y que el futbol, en la tele, se ve muy bien. Desde entonces, no he vuelto al Camp Nou.

Canciones:

Pink Floyd: “Learning to fly”

Phoenix: “1901”

Royal Blood: “Figure it out”




septiembre 2020
L M X J V S D
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930  

Sígueme en Twitter

Categorías