Archivo para 20/03/12

20
Mar
12

Reggae, reggae

Esta es una historia de hace unos años. De cuando yo tenía… veamos… debían ser unos doce años, por lo que dos décadas han pasado. Dato irrelevante para darle un aire de importancia al tema. La cosa va de cuando me aficioné al reggae. Es curioso, porque fue un género que odié durante mucho tiempo, y con el que me he ido reconciliando poco a poco.
Pues a lo que iba. Tenía yo doce años, y unas ganas de estar en la calle con mis amigos que ni os imagináis. Es esa una edad complicada, ya no sales “a jugar”, aunque la mayoría de las veces acabes haciéndolo. Sales a reunirte con una manada que consideras importante. A sociabilizarte con el grupo. A hablar con tus amigos para no sentirte solo. Qué se yo. El caso es que por aquél entonces me juntaba con otros niños diferentes a mi grupito habitual, lo cuál, tratándose de mí, era toda una rareza. Una cuestión de necesidad, en realidad. En el barrio habían los niños que tenían un pueblo, una torre o un camping, dicho así, expresando la propiedad. Eso significaba que en puentes, vacaciones o, sencillamente, a menudo, en un fin de semana vulgar, desaparecían del barrio para ir a esos lugares lejanos en los que se hacían cosas tan distintas y que tan buenos ratos les proporcionaban. La cosa se ponía especialmente dramática en períodos vacacionales, como la semana santa. En semana santa, en el barrio no quedaba ni dios. Y los pocos desperdigados que quedábamos, forzosamente, nos juntábamos.
Éramos tres o cuatro chavales de doce años, todos de mi clase. Luego había un vecino de uno de nosotros, Carlos, debía tener unos catorce años. Esta diferencia de edad, esos dos años, cuando se tienen doce, resulta francamente significativa. Carlos, por otra parte, parecía disfrutar un poco de ese cierto liderazgo y paternalismo que su edad le proporcionaba.
Carlos estaba obsesionado con el reggae en general, y con, obviamente, Bob Marley en particular. En aquél momento yo todavía no tenía gran criterio musical, y conocía mucho más la imagen de Bob Marley, celebérrima con sus rastas y su barba, que su música. A su vez, Carlos recibía esa influencia jamaicana en lo musical de un amigo suyo, algo mayor que él, tendría unos dieciséis, y que a veces se dejaba caer con nosotros. Dieciséis años eran, claro, una edad más que respetable para mí y mis cuatro camaradas. El chico en cuestión tenía un nombre muy característico, que nunca olvidaré. Se llamaba Washington, creo que su madre era sudamericana, si bien él era de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules. Carlos solía llamarle Washi, y nosotros, no le llamábamos. Simplemente apenas interactuaba con nosotros. Recuerdo una chica del barrio que refiriéndose a él, y olvidando su nombre, o haciendo ver que no lo recordaba, le llamó Honolulu. Ok, ésa era la clase de broma que nunca hubiéramos hecho sobre Washington y su peculiar nombre, ni a sus espaldas, ni muchísimo menos frente a él.
Washington, y eso es algo que puedo entender ahora, pero no entonces, era, o pretendía ser, una suerte de skinhead, de los skinheads antes que ese término se hiciera propiedad de gorilas de barrio pseudofascistas y racistas aficionados. Él era de los que flipaban con la música jamaicana y el ska. Lo recuerdo como si fuera hoy, con sus gafas de pasta marrón, el pelo muy corto con el rictus muy serio y fumando. Tenía un cierto aire a Ali Campbell de UB40. Fue Washington el que introducía, poco a poco, a Carlos en las sonoridades reggae, y éste, de paso, nos iba instruyendo a nosotros, su pequeña cuadrilla cadete.
Así fue como acabó en mis manos un casette recopilatorio, no recuerdo muy bien si se titulaba “Reggae, Reggae” o simplemente, “Lo Mejor Del Reggae”. Esa cinta pasó por todos nosotros, y por supuesto, me la grabé. Bueno, visto hoy en día, parece que hable del paleolítico, y sin embargo, qué manera más buena de escuchar música. La recopilación en cuestión resultaba ser un batiburrillo de temas que pasaban desde el reggae más asquerosamente típico hasta ese reggae-pop de radiofórmula. Por ejemplo, una de las canciones que contenía era un single que acababa de sacar Rita Marley y que fue medio popular en las radios españolas durante dos o tres semanas.
¿Y qué más? Pues clásicos como “You Can Get It If You Really Want” de Jimmy Cliff, horteradas como “Gimme hope (Johanna)” de Eddy Grant, temas metidos con calzador como “Dreadlock holiday” de 10CC y un jitazo de mi vida, “Sweat (a-la-la-la-la-long)” de Inner Circle.
Escuché esa cinta cientos de veces, probablemente más de una dosis recomendada, es posible que fuera lo que acabara causando mi mencionado rechazo hacia el reggae, que me duró hasta hace relativamente poco. Al final, y sin ninguna razón en particular, después de varias semanas, tal vez meses, de ser uña y carne, de ser manada, de ser una banda, Carlos y su Brat Pack nos separamos, Washington desapareció, y el reggae salió de mi vida, aunque aquella cinta, con su nombre escrito en rotulador de colores y sus títulos manuscritos en la etiqueta, estuvo durante muchos años por mi habitación.
Hoy, sin saber por qué, he recordado esa vieja canción de Rita Marley, y me he acordado de esa cinta, y de esa historia.
Canciones:
Rita Marley:”One Draw”
Johnny Cash: “There ain’t no grave”
Placebo: “Pure Morning”



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